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Las damas honorables de la ciudad, sabiendo que el conde tenía que partir, fueron todas al castillo a despedirse. Ya dentro de la habitación, encontraron al conde
consolando a la condesa y cuando ésta vio entrar a las honradas damas, esperó que se sentasen y después les dijo:
—A vosotras, mujeres casadas, dirijo mis llantos para que, haciendo vuestros mis daños, os lamentéis conmigo. Un caso semejante os puede suceder a vosotras
y, ya que a mí me ocurre ahora aquello que os puede llegar, os ruego que tengáis compasión de mí. Así mismo, pido que mi dolor haga tal señal en los oídos de los
lectores, que éstos lloren por los males que me esperan, porque en los hombres no se encuentra firmeza. ¡Oh, muerte cruel! ¿Por qué vienes a quien no te quiere y
rehuyes a los que te desean?
Todas aquellas mujeres de honor se levantaron y suplicaron a la condesa que les permitiese compartir su dolor y, junto con el conde, la consolaban de la mejor
forma que podían. Después, ella les dijo:
—Llorar no es nuevo para mí, ya que en distintas ocasiones en que mi señor estaba en guerras con Francia, no tuve día sin lágrimas. Y, según veo, tendré que
pasar el resto de mi vida con nuevas lamentaciones. Mejor sería para mí pasar mi triste vida durmiendo, para no sentir las crueles penas que me atormentan y, con
la pena de tal vivir, lejos de toda esperanza de consuelo, diré: los gloriosos santos fueron martirizados en nombre de Jesucristo y yo lo seré por vuestra señoría,
que sois mi señor; y así, de aquí en adelante, haced todo aquello que os plazca, pues la fortuna no me consiente otra cosa, ya que vos sois mi marido y señor. Y
quiero que vuestra señoría sepa que, lejos de vos, estoy en el infierno y cerca, en el paraíso.
Habiendo terminado la condesa sus dolorosas lamentaciones, habló el conde de la siguiente forma:
—Mi alma siente gran alegría de vos, condesa, por lo que habéis dicho en las últimas palabras y si a la divina majestad le place, mi vuelta será muy pronta. Y
podéis estar segura de que donde sea que yo me encuentre, mi alma se hallará continuamente con vos.
—¿Qué consuelo puedo tener yo de vuestra alma sin vuestro cuerpo? —dijo la condesa—. Estoy segura de que solamente por amor a vuestro hijo os acordaréis
alguna vez de mí; pero amor de lejos y casa pasajera todo es uno. ¿Queréis que os diga más, señor? Es más fuerte mi dolor que vuestro amor, porque si fuese como
dice vuestra señoría, creo que por amor a mí no partiríais. A pesar de eso, ¿para qué quiero yo amor de marido si no me sirve de nada?—Condesa y señora —contestó el conde—, ¿queréis que demos fin a esta conversación? Yo necesito partir, pero el hecho de irme o no está en vuestra mano.
—Ya que más no puedo hacer —dijo la condesa—, solamente me falta entrar en mi habitación y llorar mi triste desventura.
Con gran pena, el conde se despidió de ella besándola muchas veces y lanzando vivas lágrimas por sus ojos. También se despidió de todas las otras damas con
un dolor inefable.
LOL. Grande Martorell.