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Diego G (Valencia de Don Juan 17 de julio de 1936)
Nacido del vientre de su madre con un desmesurado cráneo y una alarmante descalcificación en los huesos de cintura para abajo, fue operado de bocio a los tres años, tras sufrir innumerables vejaciones por parte de sus compañeros de la guardería Pequeños vándalos. Frustrado en sus tiernos años al descubrir que el consumo de plastilina rosa no le otorgaría el poder de invisibilidad al vestir tutú, modificó sus hábitos y decidió convertirse en un aguerrido defensor del denostado Plastidecor blanco (años más tarde se tornará en otro fracaso, pues los lápices de colores Crayola ocuparon su lugar en los parvularios, con su Crayola blanco roto como estrella de la colección). La EGB no le fue mejor, los muchachos durante los recreos le hacían mil diabluras, le escondían el bocadillo debajo de los coches y en su intento por recuperarlo, se quedaba atrapado, con la consiguiente hilaridad general, pues la maldad de los púberes no conocía límites y se resarcían de su posición como ojito derecho de la maestra quitándole los pantalones de pana roja y utilizándolos para azotarle el rechoncho trasero. La llegada de los bomberos para rescatar al joven era el colofón de la travesura, su compañero de puputre, Clavileño, se las arreglaba para abrir el agua de la cisterna y rociar al sonrojado Diego con la fría agua que contenía en aquellos gélidos inviernos de la estepa madrileña.
Cansado del ambiente reinante en los colegios republicanos, siempre tenso para los niños de gafas como él, convence a sus progenitores para iniciar sus estudios en un instituto barcelonés. Convencido de que en una ciudad cosmopolita como Barcelona su aspecto pasaría inadvertido, entró triunfante en sus calles y paseó los primeros días de su estadía con su paso firme y patizambo por los vericuetos de su barrio. Hasta que se topa de buenas a primeras con su más acérrimo enemigo: Iggypop. Nuestro valiente protagonista no se amilanó, y entró en el instituto con la cabeza alta, vestido de chulapo, raya al medio, camisa de tergal, pantalones marrón azúcar y mochila de Spiderman. Un figurín. Pero comenzaron las rencillas entre los muchachos y volvió a ser el objeto de las burlas. Él alegaba que las bromas se debían a su origen noble, sus compañeros decían sencillamente que se trataba de una razón más prosaica: su sobrepeso le impedía defenderse con agilidad y ellos podían escapar más fácilmente. Era lo más práctico. Pero después de muchos años, tras entrevistar a algunos de aquellos niños, ahora octogenarios, descubrí que bajo su planchada camisa llevaba la camiseta del Real Madrid, el equipo de Franco. Después de reflexionar serenamente durante varias semanas, porque no es una cuestión baladí, he llegado a la siguiente conclusión: debió recibir más.
Estas peripecias infantiles forjaron una fuerte personalidad en Dieguito. Decidió estudiar, por vocación, punto de cruz, lo que le llevó a la prestigiosa universidad de Villapene. Fueron años difíciles para él, un lugar desconocido, nuevos compañeros, nuevos profesores... Y el amor. Su primer amor, la dulce Asclepia. Su primer y único amor, con el que ha tenido un precioso niño cuyo padrino, Argos, intenta aleccionar en el madridismo, que espero no logre para que no sufra las calamidades que su padre ha tenido que sufrir durante su infancia.
Su paso sin pena ni gloria por el foro Escolar.net y Twitter evidencian que es un hombre que nunca se ha vestido por los pies, lo que comúnmente se denomina bragazas. Su viaje a Cuba le dejó tocado del ala, regresó enarbolando un daguerrotipo de Fidel Castro mientras profería consignas comunistas a la puerta de la sede de España 2000. Desde entonces no se ha vuelto a saber nada de él. Desde aquí emito un grito de socorro para que si lo ven no le dejen escapar incólume, no debe recuperar el contacto con este foro, por el bien de los sindicatos, las acampadas y McDonlads.
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