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La situación de la filosofía francesa de los últimos cuarenta o cincuenta años (incluidos todos los autores que citas) ha sido de gran mediocridad y huera palabrería; ha sido incluso peor que la española. La filosofía interesante se ha hecho en otros sitios, pero no en Francia; lo cual es una lástima para los francófilos como yo. A mí me gusta Francia, la lengua francesa, los paisajes franceses, la cocina francesa, el teatro de Molière, la poesía de Baudelaire. Precisamente la semana pasada estuve en Francia y aproveché el viaje para visitar las cuevas prehistóricas de la Dordoña, como Font de Gaume y Lascaux. ¡Qué maravilla de pinturas rupestres! También me gusta la matemática francesa y la filosofía clásica francesa. Descartes, aunque mal biólogo, fue un gran filósofo y matemático, tuvo gran fuerza y originalidad de pensamiento, y su influencia fue notable. Todo el desarrollo de la teoría de la probabilidad se hizo en Francia; Laplace y otros aplicaron de un modo sistemático y creativo la mecánica de Newton; y las ideas de Poincaré en cierto modo anticiparon la teoría especial de la relatividad de Einstein.
Sin embargo, en el siglo XX las cosas fueron a peor, y en el pensamiento francés se produjo una dégringolade, que es como cuando un pastel se funde y todo se empieza a caer: vinieron los Lacan, la filosofía deleuzenable, etc. (risas). He tenido contactos con ellos que a mí me han dejado pasmado. Recuerdo cuando algunos estudiantes de Filosofía de la Universidad de Barcelona empezaron a interesarse por Derrida. Le sugerí al decano que le invitase a dar una conferencia, para que los estudiantes lo conociesen de primera mano. Vino; la sala estaba llena. Empezó citando una frase ininteligible de Heidegger sobre el ser y la voz del amigo. «Pero ¿quién es el amigo, qué es el amigo?», se preguntó. Tras una pausa, se respondió: «L’ami c’est l’être» (el amigo es el ser). Y continuó: «Pero ¿qué es el ser?». «Ah, el ser… es el tiempo». «¿Y qué es el tiempo? Es que si decimos qué es el tiempo, lo estamos identificando con el lenguaje». «Y ¿qué es el lenguaje?», y así sigue hasta el final. Todo ello con muchas pausas, pronunciado con énfasis y bien articulado. Al acabar, levanté el brazo y le dije: «Jacques, he tomado nota de lo que has dicho. Solo tengo una pregunta: suponiendo que tengas razón, y el amigo sea el ser, y el ser sea el tiempo, y el tiempo sea el lenguaje, ¿qué necesidad hay de usar tantas palabras diferentes para referirte a lo mismo? ¿Por qué no dices desde el principio que el lenguaje es el lenguaje, y se acabó?». ¿Cuál fue su contestación? Me dijo: «Tu problema, Jesús, es que te tomas demasiado en serio lo que digo. Esto no es ciencia; la filosofía es como la música. No tienes que escuchar tan atentamente las palabras que salen de mi boca, sino captar la música que resuena por detrás». Los estudiantes, al oír este tipo de cosas, quedaron vacunados.
También me invitaron a hablar en un congreso de psicoanalistas lacanianos (supongo que se traspapelaría la invitación y fue así como me llegó a mí; de otra forma no se entiende). El tema era «El sexo como lenguaje». Por lo visto era una evidencia que el sexo es un lenguaje, y entonces había que preguntarse por su gramática, sus adverbios, etc. En mi ponencia, que era la última, dije que había escuchado con atención a mis ilustres predecesores, pero había sido incapaz de entender lo del sexo como lenguaje. Para empezar, el sexo es un fenómeno universal que se da en todos los animales y parece tener más que ver con la reproducción que con el lenguaje, pues todos los animales se reproducen y casi ninguno tiene lenguaje. Que nosotros sepamos, somos los únicos animales lingüísticos, los únicos que hablamos. Si el sexo es algo lingüístico, ¿cómo es que el resto de los animales, que no hablan, practican sexo? Según yo iba hablando y diciendo cosas triviales, cosas que cualquier chaval de primaria podría haber dicho perfectamente, los psicoanalistas lacanianos allí presentes se iban poniendo pálidos y sus ojos se iban abriendo más y más. Al final, no hubo aplausos ni nada. Me imagino que echarían una bronca a alguien de su organización por haberme invitado.