|
Hace tiempo que no voy, ir de alburnos en el Tormes no es plan, pero todos (quien no la tenga que se calle) tenemos historias de un ejemplar que un día se dejó pescar porque pasaba por ahí. Me ha gustado bajar a pulmón, y tirar la caña o sacarlos a volantín (sólo el sedal) desde una zodiac, desplazada hasta el sitio sobre un 127 sin baca. Banyalbufar, dos de la mañana, al saco hasta el alba, a diez metros del agua. Amanece. Algo pasa. Me toco la boca y la tengo como un tomate, en color y dimensiones. Picaba y palpitaba enfebrecido. En Getafe eran phantoms, aquel debió haber sido un puto B 52 abasteciéndose en mi labio superior. Se me fue pasando y pudimos sacar unos kilos. Vi de refilón un bulto sospechoso, por lo tocho, que aparecía en el espejo tumbado para durar diez veces menos del tiempo en que lo cuento. Ni un plic. Poco más que comentar. Ah, sí, nos pararon a la vuelta. Otra noche: solíamos, unos cuantos, salir de pesca a un espigón cercano. Dejábamos las cañas en el suelo y nos poníamos a fumar tras cebarlas. Encender el cigarrillo y salir una caña corriendo. ¡Coño, si es la mía!, dije mientras iba tras ella. Abreviando, un lenguado recibido entre exclamaciones de lo más obvias, ¡Un lenguado, un lenguado!. Se lo zampó mi niña. Claro que pregunté qué tal estaba. Buenísimo. Estoy viendo su cara.
_________________

Memoria hipnótica
|