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Por qué el énfasis en los elementos económicos comunes no funciona.
Porque es un enfoque parcial y chato. El inmigrante, como todo hijo de vecino, desea subirse al ascensor social con un mínimo de esfuerzo. Está dispuesto a asumir cierto grado de asimilación, aunque sea de puertas hacia afuera, si eso le aporta beneficios materiales, porque no ha venido aquí en busca de nuestros valores, sino del dinero que había (hablo en pasado, sí).
Está demostrado que el binomio concentración de inmigrantes/diferencias culturales tiene una relación directa con los problemas de convivencia. No está demostrado, lamentablemente, que una homogeneización económica convierta en inversa esa relación directa. Intuitivamente, diría que la homogeneización reduciría los problemas, al igual que lo haría la educación u otros factores. Pero si debo hacer caso a quienes están en primera línea –docentes, por ejemplo, en programas de integración étnica-, parece que el problema es muuuuuuy complejo.
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-Qué hay que hacer para abordar el problema cultural.
No tengo recetas, pero no creo en el multiculturalismo. Quicir que creo que una civilización (vaya con el palabro) tiene un conjunto de valores comunes e irrenunciables y que el forastero debe asumirlos le guste o no. Eso vale para Mustafá, que no podrá retirar a su hija del cole cuando le salga la regla, a Wilson, que deberá asumir que Dominicans don't play es un pasaporte a la isla de origen o a mí, si pretendo desafiar los códigos de comportamiento del país donde vaya.
El problema es que esa "receta" tiene una cierta componente coercitiva y, por tanto, impopular. Es curioso que no nos importe multar a un cazador furtivo, o a quien echa residuos orgánicos en el contenedor de papel, pero tengamos reservas respecto a cómo imponer nuestro corpus ético a los foráneos.