Me lo estoy leyendo a ratos. Es interesante que varias de las descripciones que hace de las instituciones soviéticas encajan con las descripciones teóricas e impersonales de los liberales (aunque éstos tengan un tono más crítico y menos maternal). Por ejemplo
Para el Homo Soviéticus, el Estado era una presencia central y omnipresente. En primer lugar era el distribuidor formal de bienes y el productor prácticamente monopolístico de los mismos, así que incluso el mercado negro negociaba principalmente con productos estatales y fiaba en gran medida en contactos con el Estado. En segundo lugar, todos los ciudadanos urbanos trabajaban para el Estado, ya fueran obreros, o mecanógrafos o profesores o tenderos: en la práctica no había patronos alternativos. En tercer lugar, el Estado era un incansable regulador de la vida, emitiendo y exigiendo una cadena interminable de documentos y permisos sin los cuales no se podían realizar las operaciones más sencillas de la vida cotidiana. Como todo el mundo incluyendo los dirigentes admitía, la burocracia soviética, habiendo crecido recientemente para abordar su nuevas y expandidas tareas, y llena de cargos y funcionarios inexpertos y poco cualificados, era lenta, torpe, ineficaz y con frecuencia corrupta. Se tenía en poca estima el Estado de Derecho, y las acciones del funcionariado, del más alto al más bajo nivel estaban marcadas por la arbitrariedad y el favoritismo. Los ciudadanos se sentían a merced de los funcionarios y del régimen; especulaban sin fin sobre la gente “de arriba” y con qué nuevas cosas podrían sorprenderles, pero se sentían incapaces para influenciarles
Nuestra libertad de elección en una sociedad en régimen de competencia se funda
en que, si una persona rehúsa la satisfacción de nuestros deseos, podemos volvernos
a otra. Pero si nos enfrentamos con un monopolista, estamos a merced suya. Y una
autoridad que dirigiese todo el sistema económico sería el más poderoso
monopolista concebible. Si bien no tendríamos probablemente que temer de esta
autoridad que explotase su poder como un monopolista privado lo haría, si bien su
propósito no sería presumiblemente la consecución de la máxima ganancia
financiera, gozaría, sin embargo, de completo poder para decidir sobre lo que se nos
diera y en qué condiciones. No sólo decidiría las mercancías y servidos disponibles
y sus cantidades; podría dirigir su distribución por distritos y grupos y podría, si lo
quisiera, discriminar entre personas hasta el grado en que lo pretendiese. Si
recordamos por qué defiende mucha gente la planificación, ¿podría quedar mucha
duda de que este poder sería utilizado para los fines que la autoridad aprobase y
para impedir la consecución de los fines que desaprobase?
El poder conferido por el control de la producción y los precios es casi ilimitado.
En una sociedad en régimen de competencia, los precios que tenemos que pagar por
una cosa, es decir, la relación en que podemos cambiar una cosa por otra, dependen
de las cantidades de aquellas otras cosas de las cuales privamos a los demás
miembros de la sociedad por tomar nosotros una. Este precio no está determinado
por la voluntad consciente de nadie.
Y si un camino para la consecución de nuestros fines nos resulta demasiado caro,
tenemos libertad para intentar otros caminos. Los obstáculos en nuestra vía no son
obra de alguien que desaprueba nuestros fines, sino la consecuencia de desearse en
otra parte los mismos medios. En una economía dirigida, donde la autoridad vigila
los fines pretendidos, es seguro que ésta usaría sus poderes para fomentar algunos
fines y para evitar la realización de otros. No nuestra propia opinión acerca de lo
que nos debe agradar o desagradar, sino la de alguna otra persona, determinaría lo
que hiciésemos. Y como la autoridad tendría poder para frustrar todos los esfuerzos
encaminados a eludir su guía, casi con tanta eficacia intervendría en lo que
consumimos como si directamente nos ordenase la forma de gastar nuestros
http://www.elcato.org/sites/default/fil ... ronico.pdfingresos.
Y sin embargo, uno tiene la sensación de que la mayoría de comunistas dan por sentado que gran parte de las instituciones de nuestra sociedad (el parlamento, el estado de derecho, los partidos políticos, el régimen de competencia) siguen funcionando igualmente en los estados socialistas. Y no es así, no es así