Coño a Patérculo no lo había leído. Mola. Se nota que le siguen en el documental.
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Quintilio Varo, que descendía de una familia más célebre que de buena alcurnia, era un hombre de caracter mesurado y tranquilo talante, tan lento de mente como de espíritu, más acostumbrado a los placeres del campamento que a prestar servicios militares efectivos. Que no despreciaba precisamente el dinero lo demuestra su papel como gobernador de Siria: entró en la rica provincia siendo pobre, pero al salir era rico él y pobre la provincia. Cuando le encomendaron el mando del ejército en Germania, abrigó la idea de que los germanos eran personas sólo porque tenían forma humana, y que los que no podían ser sometidos por la espada podrían ser ablandados por el Derecho. Con esté fin en la cabeza se adentró en lo más profundo de Germania como quien va a estar con gente que goza de las bendiciones de la paz, y sentándose en el estrado se paso el tiempo de una campaña de verano presidiendo causas y observando los procedimientos legales en todos sus detalles.
Pero los germanos, que son tan feroces como arteros, hasta un punto que resultaría increíble a quien no los ha conocido, raza mendaz por naturaleza, ora presentando una serie de querellas ficticias ora incitando a disputas los unos con los otros, ora expresando su agradecimiento a los romanos por que su justicia estaba solventando tales pleitos, y por que su propia bárbara naturaleza estaba siendo atemperada por este método nuevo y hasta entonces ignorado, ya que las rencillas que antes se ventilaban a golpes ahora se arreglaban con leyes, engañaron a Quintilio hasta el punto en que cayó en tal punto de negligencia que se creía una especie de juez municipal impartiendo justicia en el foro, y no un general de servicio en el corazón de Germania.
Y por entonces apareció un joven de buen linaje, valiente en los hechos y despierto de mente, con una inteligencia que sobrepasaba en mucho la del bárbaro promedio. Se llamaba Arminio, hijo de Segimero, príncipe de esa nación, y mostraba en sus ojos y apariencia el fuego interior del espíritu. Había sido nuestro aliado constantemente en campañas privadas, y había alcanzado incluso la dignidad del rango equestre. EL joven, aprovechó el descuido del general para sus alevosos propósitos, percibiendo con sagacidad que nadie podría ser más facilmente vencido que quien nada temía, y que el comienzo más manido de los desastres es una falsa seguridad. Al principio sólo dio parte a unos pocos de sus designios, y después a muchos; les dijo, y les convenció, de que los romanos podían ser aplastados, añadió sus obras a su resolución, y fijó un día para llevar a cabo su plan. Segeste, un hombre de ilustre nombre y de aquella raza, se dio cuenta y advirtió a Varo,y también le pidió que pusiera hierros a los conspiradores. Pero el destino dominaba ahora los planes de Varo y le oscurecía la mente. Ciertamente, suele ser el caso que le Cielo torna el juicio del hombre cuya fortuna quiere malparar, y sucede (y esta es la parte más triste) que lo que pasa por casualidad parece merecerse y un accidente se convierte en culpabilidad. Y de este modo Quintilio no se creyó la historia, e .
insistió en valorar la aparente amistad de los germanos hacía él por el patrón de lo que creía sus méritos. Y, después de este primer aviso, ya no hubo tiempo para un segundo
Los detalles de esta horrible calamidad, la más penosa que ha recaido sobre los romanos en tierras extranjeras desde el desastre de Craso en Partia, trataré de abordarla en otro trabajo más extenso, como otros han hecho. Sólo puedo aquí lamentar el desastre en su conjunto. Un ejército sin rival por su valor, el primero en la disciplina, en energía y en experiencia en el campo de batalla, debido a la imprudencia de su general, la perfidia del enemigo y la inclemencia de la fortuna, fue copado. Atrapado en los bosques en pantanos y en todo tipo de celadas fue exterminado casi hasta el último hombre por el mismo enemigo que siempre había masacrado como si fuera ganado, el mismo enemigo cuya vida o muerte estaba al albur de la ira o la clemencia romana. El general tuvo más coraje para morir que para luchar, y siguiendo el ejemplo de su padre y abuelo, huyó de este mundo por vía de su espada.
Más allá de la mala leche, y de la prosa tan sabrosa, me pasa lo de siempre, en realidad nada cambia tanto, quitando la tecnología.

La "naturaleza humana" es la misma.