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Entre las personalidades "conquistadas" se encontraba también aquél que en su momento había
defendido una intervención militar contra el país de la Revolución de Octubre, esto es, Winston
Churchill, que a propósito de Stalin se había expresado reiteradas veces en estos términos: «Este hombre
me gusta»10. En ocasión de la Conferencia de Teherán, en noviembre de 1943, el estadista inglés había
saludado al homólogo soviético como «Stalin el Grande»: era digno heredero de Pedro el Grande; había
salvado a su país, preparándolo para derrotar a los invasores11. Ciertos aspectos habían fascinado
también a Averell Harriman, embajador estadounidense en Moscú entre 1943 y 1946, que siempre había
retratado al líder soviético de manera bastante positiva en el plano militar: «Me parecía mejor informado
que Roosevelt y más realista que Churchill, en cierto modo el más eficiente de los líderes de la
contienda»12. En términos incluso enfáticos se había expresado en 1944 Alcide De Gasperi, que había
celebrado «el mérito inmenso, histórico, secular, de los ejércitos organizados por el genio de José
Stalin». Tampoco los reconocimientos del eminente político italiano se limitaban al plano meramente
militar:
Cuando veo que Hitler y Mussolini perseguían a los hombres por su raza, e inventaban
aquella terrible legislación antijudía que conocemos, y contemplo cómo los rusos, compuestos
por 160 razas diferentes, buscan la fusión de éstas, superando las diferencias existentes entre
Asia y Europa, este intento, este esfuerzo hacia la unificación de la sociedad humana, dejadme
decir: esto es cristiano, esto es eminentemente universalista en el sentido del catolicismo13.
El prestigio del que Stalin había gozado y continuaba gozando entre los grandes intelectuales no era
ni menos intenso ni menos generalizado. Harold J. Laski, prestigioso exponente del partido laborista
inglés, conversando en otoño de 1945 con Norberto Bobbio, se había declarado «admirador de la Unión
Soviética» y de su líder, describiéndolo como alguien «muy sabio» (tres sage)14En aquél mismo año
Hannah Arendt había dejado escrito que el país dirigido por Stalin se había distinguido por el «modo,
completamente nuevo y exitoso, de afrontar y armonizar los conflictos entre nacionalidades, de organizar
poblaciones diferentes sobre la base de la igualdad nacional»; se trataba de una suerte de modelo, era
algo «al que todo movimiento político y nacional debería prestar atención»15.
A su vez, escribiendo poco antes y poco después del final de la segunda guerra mundial, Benedetto
Croce había reconocido a Stalin el mérito de haber promovido la libertad no sólo a nivel internacional,
al haber contribuido a la lucha contra el nazifascismo, sino también en su propio país. Sí, dirigiendo la
URSS se encontraba «un hombre dotado de genio político», que desarrollaba una función histórica en
conjunto positiva: respecto a la Rusia prerrevolucionaria «el sovietismo ha sido un progreso de
libertad», así como «en relación con el régimen feudal» también la monarquía absoluta fue «un progreso
de la libertad que generó ulteriores y mayores progresos de ésta». Las dudas del filósofo liberal se
concentraban sobre el futuro de la Unión Soviética, sin embargo estas mismas, por contraste, resaltaban
aún más la grandeza de Stalin: había ocupado el lugar de Lenin, de modo que a un genio le había seguido
otro, ¿pero qué sucesores depararía a la URSS «la Providencia»?16
Aquellos que, con el comienzo de la crisis de la Gran Alianza, comenzaban a aproximar la Unión
Soviética de Stalin y la Alemania de Hitler, habían sido duramente reprobados por Thomas Mann. Lo que
caracterizaba al Tercer Reich era la «megalomanía racial» de la sedicente «raza de Señores», que había
puesto en marcha una «diabólica política de despoblación», y antes, de extirpación de la cultura en los
territorios conquistados. Hitler se había limitado así a la máxima de Nietzsche: «Si se desean esclavos es
estúpido educarlos como amos». La orientación del «socialismo ruso» era directamente la contraria;
difundiendo masivamente instrucción y cultura, había demostrado no querer «esclavos», sino más bien
«hombres pensantes», y por tanto, pese a todo, había estado dirigida «hacia la libertad». Resultaba por
consiguiente inaceptable la aproximación entre los dos regímenes. Es más, aquellos que argumentaban así
podían ser sospechosos de complicidad con el fascismo que pretendían condenar:
Colocar en el mismo plano moral el comunismo ruso y el nazifascismo, en la medida en
que ambos serían totalitarios, en el mejor de los casos es una superficialidad; en el peor es
fascismo. Quien insiste en esta equiparación puede considerarse un demócrata, pero en verdad
y en el fondo de su corazón es en realidad ya un fascista, y desde luego sólo combatirá el
fascismo de manera aparente e hipócrita, mientras deja todo su odio para el comunismo17.
Después estalló la guerra fría y, al publicar su libro sobre el totalitarismo, Arendt llevaría a cabo en
1951 precisamente aquello que Mann denunciaba. Y sin embargo, casi simultáneamente, Kojéve señalaba
a Stalin como el protagonista de un giro histórico decididamente progresivo y de dimensiones
planetarias. En el mismo Occidente la nueva verdad -el nuevo motivo ideológico de la lucha ecuánime
contra las diferentes manifestaciones del totalitarismo-, tenía aún dificultades en afianzarse.
En 1948 Laski había reafianzado en cierto modo el punto de vista expresado tres años antes: para
definir a la URSS retomaba una categoría utilizada por otra representante de primer nivel del laborismo
inglés, Beatrice Webb, que ya en 1931, aunque también durante la segunda guerra mundial y hasta su
muerte, había hablado del país soviético en términos de «nueva civilización». Sí -confirmaba Laski-, con
el formidable impulso dado a la promoción social de las clases durante tanto tiempo explotadas y
oprimidas, y con la introducción en la fábrica y en los puestos de trabajo de nuevas relaciones que ya no
se apoyaban en el poder soberano de los propietarios de los medios de producción, el país guiado por
Stalin había despuntado como el «pionero de una nueva civilización». Desde luego ambos se habían
apresurado a precisar que sobre la «nueva civilización» que estaba surgiendo todavía pesaba el lastre de
la «Rusia bárbara». Esta se expresaba en formas despóticas, pero -subrayaba en especial Laski- para
formular un juicio correcto sobre la Unión Soviética era necesario no perder de vista un hecho esencial:
«Sus líderes llegaron al poder en un país acostumbrado a una tiranía sangrienta» y estaban obligados a
gobernar en una situación caracterizada por un «estado de sitio» más o menos permanente y por una
«guerra en potencia o en acto». Además, en situaciones de crisis aguda, también Inglaterra y los Estados
Unidos habían limitado de manera más o menos drástica las libertades tradicionales18.
Al referirse a la admiración expresada por Laski respecto a Stalin y al país dirigido por él, Bobbio
escribirá mucho más tarde: «Al día siguiente de una victoria contra Hitler, a la cual los soviéticos habían
contribuido de manera determinante con la batalla de Stalingrado, [tal declaración] no me impresionó
especialmente». En realidad, en el intelectual laborista inglés el homenaje rendido a la URSS y a su líder
iban bastante más allá del plano militar. Por otro lado, ¿difería tanto de la posición del filósofo turinés en
aquél momento? En 1954 este último publicaba un ensayo que señalaba como mérito de la Unión
Soviética (y de los Estados socialistas) el haber «iniciado una nueva fase de progreso civil en países
políticamente atrasados, introduciendo instituciones tradicionalmente democráticas: de democracia
formal, como el sufragio universal y la elegibilidad de los cargos, y de democracia substancial, como la
colectivización de los instrumentos de producción»; se trataba entonces de arrojar «una gota de aceite
[liberal] en la maquinaria de la revolución ya realizada»19. Como se puede ver, el juicio expresado sobre
el país todavía de luto por la muerte de Stalin era todo menos negativo.
En 1954 todavía latía en el pensamiento de Bobbio la herencia del socialismo liberal. Pese a
subrayar con fuerza el valor irrenunciable de la libertad y de la democracia, en los años de la guerra de
España Cario Rosselli había contrapuesto negativamente los países liberales («La Inglaterra oficial está
con Franco, mata de hambre Bilbao») a una Unión Soviética empeñada en ayudar a la República española
agredida por el nazifascismo.20 Tampoco se trataba solamente de la política internacional. Frente a un
mundo caracterizado por la «fase del fascismo, de las guerras imperialistas y de la decadencia
capitalista», Cario Rosselli había puesto el ejemplo de un país que, pese a estar todavía bien lejos de un
socialismo democrático maduro, en todo caso había dejado atrás el capitalismo y representaba «un
capital de valiosas experiencias» para cualquiera comprometido con la construcción de una sociedad
mejor: «Hoy, con la gigantesca experiencia rusa [...] disponemos de un material positivo inmenso. Todos
sabemos qué significa revolución socialista, organización socialista de la producción»21.
En conclusión, durante todo un período histórico, en círculos que iban bastante más allá del
movimiento comunista, el país guiado por Stalin, así como el mismo Stalin, gozaron de interés y simpatía,
de estima y quizás incluso de admiración. Desde luego, hay que contar con la grave desilusión provocada
por el pacto con la Alemania nazi, pero Stalingrado ya se había ocupado de borrarla. Es por esto por lo
que en 1953, y en los años siguientes, el homenaje al líder desaparecido unió al campo socialista,
pareció por momentos fortalecer al movimiento comunista pese a las anteriores pérdidas, y acabó en
cierto modo teniendo eco en el mismo Occidente liberal, que se había volcado ya en una Guerra fría
dirigida por ambas partes, sin concesiones. No es casual que, en el discurso de Fulton en el que había
dado comienzo oficialmente a la Guerra fría, Churchill se expresara de este modo: «Siento gran
admiración y respeto por el valiente pueblo ruso y por mi compañero en tiempos de guerra, el mariscal
Stalin»22. No hay duda; según aumentaba en intensidad la guerra fría, los tonos se iban haciendo más
ásperos. Y sin embargo, todavía en 1952, un gran historiador inglés que había trabajado al servicio del
Foreign Office, Arnold Toynbee, había podido permitirse comparar al líder soviético con «un hombre de
genio: Pedro el Grande»; sí, «la prueba del campo de batalla ha acabado justificando el tiránico impulso
de occidentalización tecnológica llevado a cabo por Stalin, tal y como ocurrió antes con Pedro el
Grande». Es más, continuaba estando justificado incluso más allá de la derrota infligida al Tercer Reich:
después de Hiroshima y Nagasaki, Rusia se encontraba de nuevo ante «la necesidad de acelerar la
marcha para alcanzar a la tecnología occidental» que de nuevo la había «adelantado fulminantemente»23.
En pos de una comparativa global
De modo que, más aún que la Guerra fría, es otro acontecimiento histórico el que imprime un giro
radical a la historia de la imagen de Stalin; el discurso de Churchill del 5 de marzo de 1946 tiene un
papel menos importante que otro discurso, el pronunciado diez años después, para ser más exactos el 25
de febrero de 1956, por Nikita Kruschov en ocasión del XX Congreso del partido comunista de la Unión
Soviética.
Durante más de tres decenios este Informe, que dibujaba el retrato de un dictador enfermizamente
sanguinario, vanidoso y bastante mediocre -o incluso ridículo- en el plano intelectual, ha satisfecho a casi
todos. Permitía al nuevo grupo dirigente que gobernaba la URSS el presentarse como el depositario único
de la legitimidad revolucionaria en el ámbito del país, del campo socialista y del movimiento comunista
internacional, que miraba a Moscú como su centro neurálgico. Reforzado en sus antiguas convicciones y
con nuevos argumentos a disposición para emprender la Guerra fría, también Occidente tenía razones
para estar satisfecho (o entusiasta). En los Estados Unidos la sovietología había manifestado la tendencia
a desarrollarse alrededor de la CIA y otras agencias militares y de intelligence, previa eliminación de los
elementos sospechosos de albergar simpatías por el país de la Revolución de Octubre24. Se había
perfilado un proceso de militarización de la disciplina clave para el desarrollo de la Guerra fría; en 1949
el presidente de la American Historical Association había declarado: «No nos podemos permitir no ser
ortodoxos», ya no se permitirá más la «pluralidad de objetivos y de valores». Es necesario aceptar
«amplias medidas de alistamiento» puesto que la «guerra total, sea caliente o fría, nos recluta a cada uno
de nosotros y nos llama a cumplir con nuestro deber. De esta obligación se libra tan poco el historiador
como el físico»25. En 1956 no sólo no se disipa la fuerza de estas consignas, sino que a partir de
entonces, una sovietología más o menos militarizada puede disfrutar de la comodidad y apoyo
proveniente del mismo corazón del mundo comunista.
Es verdad; más que el comunismo en cuanto tal, el Informe Kruschov ponía bajo el dedo acusador a
una única persona, pero en aquellos años era oportuno, también desde el punto de vista de Washington y
de sus aliados, no ampliar demasiado el blanco, y concentrar el fuego sobre el país de Stalin. Con la
firma del «pacto balcánico» de 1953, firmado con Turquía y Grecia, Yugoslavia se convirtió en una
especie de miembro externo de la OTAN, y unos veinte años después también China cerrará con los
EEUU una alianza defacto contra la Unión Soviética. Es a esta superpotencia a la que hay que aislar, y a
la que se insta a realizar una "desestalinización" cada vez más radical, hasta quedar privada de toda
identidad y autoestima, y tener que resignarse a la capitulación y a la disolución final.
Finalmente, gracias a las "revelaciones" provenientes de Moscú, los grandes intelectuales podían
olvidar tranquilamente el interés, la simpatía e incluso la admiración con la que habían mirado hacia la
URSS estaliniana. Además de estos, también los intelectuales que tenían en Trotsky su punto de
referencia encontraron consuelo en aquellas "revelaciones". Durante mucho tiempo había sido este último
quien había encarnado, a ojos de los enemigos de la Unión Soviética, la ignominia del comunismo, y el
que había sido el representante privilegiado del "exterminador", es más, el «exterminador judío» (vid.
infra, pp. 268); todavía en 1933, exiliado ya desde hacía algunos años, para Spengler, Trotsky continuaba
representando al «bolchevique asesino de masas» (bolschewistischer Massenmórder)26. A partir del giro
realizado en el XX Congreso del PCUS, en el museo de los horrores se colocó solamente a Stalin y sus
colaboradores más estrechos. Sobre todo, ejerciendo su influencia bastante más allá del ámbito trotskista,
el Informe Kruschov cumplía una función de consuelo en los ambientes de cierta izquierda marxista, que
se sentía así exonerada de la penosa obligación de repensar la teoría del Maestro y la historia de los
efectos desplegados por ella. Es cierto, en vez de extinguirse, en los países gobernados por comunistas el
Estado se encontraba bastante sobredimensionado; lejos de disolverse, las identidades nacionales
cumplían un papel cada vez más importante en los conflictos que llevarían al desmembramiento y entierro
definitivo del campo socialista; no se vislumbraba signo alguno de superación del dinero o del mercado,
que con el desarrollo económico acaso tendían a expandirse. Sí, todo era incontestable, pero la culpa
era... ¡de Stalin y del "estalinismo"! Y por lo tanto no había razones para poner en discusión las
esperanzas o certezas que habían acompañado a la revolución bolchevique y que remitían a Marx.
Pese a encontrarse en posiciones contrapuestas, estas áreas político-ideológicas elaboraban una
imagen de Stalin a partir de abstracciones colosales, arbitrarias. En la izquierda se procedía a una virtual
eliminación de la historia del bolchevismo, y con mayor razón de la historia del marxismo, de aquél que
durante más tiempo que ningún otro había ejercido el poder en el país surgido de la revolución preparada
y llevada a cabo según las ideas de Marx y Engels. A su vez, los anticomunistas sobrevolaban con
desenvoltura tanto la historia de la Rusia zarista como la historia de la Segunda guerra de los treinta
años, en cuyo ámbito se coloca el desarrollo contradictorio y trágico de la Rusia soviética y de los tres
decenios estalinianos. Y así cada una de las diferentes áreas político-ideológicas tomaba impulso del
discurso de Kruschov para cultivar su propia mitología, ya se tratase de la pureza de Occidente, o de la
pureza del marxismo y del bolchevismo. El estalinismo era el terrible término de comparación que
permitía a cada uno de los antagonistas el autocelebrarse, por contraste, en su infinita superioridad moral
e intelectual.
Basadas en abstracciones notablemente diferentes entre ellas, estas lecturas acababan sin embargo
produciendo cierta convergencia metodológica. Al investigar el terror sin prestar demasiada atención a la
situación objetiva, lo reducían a la iniciativa de una única personalidad o de una restringida clase
dirigente, decidida a reafirmar por todos los medios su poder absoluto. A partir de tal presupuesto, si se
podía comparar a alguna otra gran personalidad política, esta sólo podía ser la de Hitler; por
consiguiente, para el fin de la comprensión de la URSS estaliniana, la única comparación posible era con
la Alemania nazi. Es un motivo que se repite ya a finales de los años treinta con Trotsky, que recurre
repetidas veces a la categoría de «dictadura totalitaria» y, en el ámbito de este genus, distingue, por un
lado, la species «estalinista» y, por el otro, la «fascista» (y sobre todo la hitleriana)27, recurriendo a una
contextualización que se convertirá después en el sentido común de la Guerra fría y en la ideología hoy
dominante..
POS NERUDA Y LA PASIONARIA.
Si es que tienes que lolear.