El asesinato del general López Ochoa por los "hijos de la república española":
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Había mucha gente reunida en las inmediaciones en aquella tarde de agosto, incluido el niño A. M., entonces de 9 años, que se arrimó al portón del lado oeste del pabellón central del Gómez Ulla, atento a la llegada de un grupo de milicianos, entre los que había una mujer. Sacaron al general en pijama, un pijama claro, dice con exactitud nuestro testigo, que no se explica por qué, después de haber visto tropelías sin número, incluido un enterramiento de fusilados de posguerra en el cementerio de Carabanchel Alto, recuerda con asombroso detalle precisamente aquello.
Lo llevaron hacia el oeste, por el descampado que bordeaba la vía del Tren de los Ingenieros, rodeados por la muchedumbre, tal vez espantada, tal vez sedienta de sangre. La primera idea era fusilarlo allí mismo, pero los asesinos discutieron el asunto entre ellos y decidieron seguir hasta el cerro de Almodóvar, de donde se sacaba arena para la construcción, posteriormente arrasado y urbanizado. Fue en la subida al cerro cuando López de Ochoa se volvió hacia los milicianos, se encaró con ellos y les dijo: "¡Podéis tirar cuando os venga en gana!". Los disparos, simultáneos, recuerda A. M., levantaron el cuerpo del suelo. Todo el mundo miraba en silencio.
Uno de los asesinos pidió una navaja, que fue proporcionada por uno de los enfermeros del Gómez Ulla: una navaja grande, según A. M. Con ella le cortaron la cabeza al general, y la clavaron en la bayoneta del fusil de la miliciana. Con ella en alto, bajaron por la Carretera del Hospital (hoy, Paseo de Muñoz Grandes) hacia General Ricardos y se perdieron de vista. La navaja fue devuelta al enfermero, que pasó años, al menos hasta el final de la guerra, mostrándola y alardeando de su contribución al crimen.
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