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Cuando me levanté me di cuenta de que había confeccionado una especie de lancha a vela con una bolsa de tule, y que navegaba rumbo a las minas de oro. Se sentaba a horcajadas sobre la bolsa, llevando consigo un pequeño paquete con carne y pan envueltos en un trozo de tela; otro trozo, similar al que se empleaba en las banderas para hacer señales, fue fijado a la vela, y con una simple paleta estaba dirigiendo su pequeña embarcación por la amplia bahía, siguiendo el rumbo de las goletas y demás embarcaciones que sabía que remontaban el río Sacramento. Se había alejado ya cien yardas de la orilla. Saqué mi revólver, y le dije a voces que regresara. Después de dudar un momento, empezó a volverse. La bolsa no era sino un amasijo de tule liado con cuerdas de cáñamo con la forma de un cigarro, de unos diez pies de largo y dos de ancho.
Con embarcaciones similares los indios de California atraviesan muy largas corrientes. Cuando llegó a la orilla, le eché un buen rapapolvo por su frustrada deserción, y le ordené que preparara el desayuno inmediatamente.
Cuando llegó el momento le devolvimos a su nave, el Ohio. Posteriormente, Mr. Hartnell me encargó el deslinde de su rancho en el río Cosnmnes, en el Valle del Sacramento.
Ord y un joven que se llamaba Seton, serían mis socios en esta empresa. Compré a Rodman M. Price un compás de agrimensor, cadenas, etc, y en San Francisco, un pequeño vagón y un arnés. Valiéndonos de una goleta, a la que se le había encomendado transportar al Mayor Miller y a dos Compañías del Segundo de Infantería de San Francisco A Stockton, pudimos llegar a nuestro destino con poco costo.
Recuerdo una anécdota que ocurrió cuando la goleta había anclado en los Estrechos de Carquinez, frente por frente con el campamento militar en la costa.
Esperábamos el amanecer y buenos vientos; la goleta había anclado con la marea baja, y al alba Ord y yo habíamos ido a la costa para ocuparnos de algo. Cuando estábamos volviendo, pudimos escuchar los gritos de los soldados, y vimos que todos corrían hacia el agua. Así atraída nuestra atención, pudimos observar que algo estaba nadando en el agua, y remamos hasta allí, pensando que sería un coyote: pero pronto nos percatamos de que se trataba de un enorme oso grizzli, que estaba atravesando el canal. Como no teníamos armas, remamos a toda prisa hasta la goleta, gritando, mientras nos acercábamos, ¡Un oso, un oso! Dio la casualidad de que el Mayor Miller estaba en cubierta lavándose. Corrió velozmente a la proa, tomó un mosquete de manos del centinela, y disparó contra el oso, cuando pasaba a poca distancia por delante de la goleta. El oso se alzó un poco por encima de la superficie, emitió una suerte de gruñido, pero siguió su curso. Mientras asaltábamos la Santabárbara para tomar nuestras armas, el contramaestre, con una tripulación, dio también la casualidad de que tenía una lancha preparada a estribor, y, armado sólo con un hacha, se aproximaron al oso, y le golpeó en la cabeza. El oso se dio la vuelta, intentó meterse en la lancha, pero el contramaestre le dio de hachazos repetidas veces en las garras, hasta que se fue. Después de varios intentos, logró matarle, lo ató, y lo arrastró hasta la goleta, desde donde fue halado hasta cubierta.
El cuerpo pesaría unas 600 libras. Se supo que el disparo del Mayor Miller le había dado al oso en la barbilla, y le había dejado impedido. De no haber sido por ello, la tripulación probablemente lo hubiera pasado muy pero que muy mal. Como sucedieron las cosas, su carne nos fue de mucho provecho en el viaje a Stockton.
Allí desembarcamos el vagón, las provisiones y los instrumentos. Adquirí dos buenas mulas al precio de 300 dólares cada una. Las enganchamos y partimos para el río Coaumnes. Pasadas 12 millas se hallaba el Mokelumne, una corriente amplia y poderosa, que se cruzaba con canoas. Desmontamos nuestro vagón en pequeñas piezas, e hicimos que pasar a la otra orilla, conduciendo nosotros a las mulas por la corriente. Al cruzar, una de las mulas se enredó con la brida de otra, y por un momento pensamos que había pasado a mejor vida; pero se salvó y la enganchamos de nuevo. Las mulas eran animales de carga; ninguna había visto antes un vagón. El joven Seton también estaba muy verde, y no se había ocupado de una mula en su vida. Pusimos los arneses, y empezamos a engancharlas, cuando una de las mulas giró la cabeza, vio el vagón y empezó a caminar. La sujetamos lo mejor que pudimos, pero la bestia no paró hasta que hizo trizas el enganche del vagón.
La verdad era que Seton había puesto la brida a la mula sin taparle los ojos antes.
Echamos pestes a base de bien, pero eso no arreglaría nada. Y sí queríamos hacer reparaciones el sitio más cercano era el fuerte Sutter, así que estábamos en una situación límite. Retrocedimos una milla y compramos cuero. Tomamos los fragmentos del enganche y cortando después la soga en tiras, logramos arreglar la cosa bastante chapuceramente. Mientras el cuero estaba fresco, el enganche quedaba muy endeble, pero cuando el sol lo fue secando poco a poco, se ajustó mejor y el enganche aguantó un mes entero.
Esto nos costó un día de retraso; pero, cuando pudimos reparar los daños, nos pusimos de nuevo en marcha y alcanzamos el cado del Cosumnes, donde empezaría nuestra labor. El "Expediente" (en castellano en el original) o los títulos del rancho, describía que tenía una extensión de 9 o 10 leguas en el Cosumnes, en el lado sur, y también entre el río San Joaquín y Sierra Nevada.
Comenzamos a trabajar en el lugar en que la carretera cruza el Cosumnes y trazamos una línea de cuatro millas al sur, perpendicular a la dirección de la corriente; después, midiendo la corriente, poníamos mojones a cada milla para poder admitir una subdivisión de una por cuatro millas.
La tierra era árida y de poca valía con la excepción, aquí y allí, de algunas pequeñas parcelas ribereñas en su gran mayoría en el lado norte de la corriente.
Continuamos con nuestras mediciones hasta pasar 20 millas en las colinas que quedaban sobre el molino de Dailor y Sheldon. Llevó un mes realizar este trabajo, que cuando acabó, quedó perfecto; y como honorarios recibimos una décima parte de la tierra, o dos subdivisiones. Yo y Ord tomamos posesión de la tierra y pagamos a Seton en efectivo por su trabajo. Al vender mi parcela obtuvo después 3000 dólares.
Después de acabar el encargo de Hartnell, cruzamos el río para llegar a la casa de Dailor, y trabajamos para él, a razón de 500 dólares al día.
Concluida nuestra labor en el Cosumnes, seguimos hacia Sacramento, donde el Capitán Sutter nos empleó para poner en conexión la medición de Sacramento City, que fue efectuada por el Teniente Warner, y la de Sutterville, tres millas más al sur, que estaba siendo reconocida entonces por el Teniente J. W. Davidson, del primero de Dragones.
En ese último lugar la llanura de Sacramento llegaba muy cerca del río, y hubiera supuesto un mejor lugar para fundar una ciudad que el terreno bajo y sumergido donde se halla ahora; pero parece ser una ley humana que ninguna ventaja natural se toma en consideración una vez que los negocios escogen un lugar. El viejo Embarcadero de Sutter se convirtió en Sacramento, simplemente por ser el primer lugar que se empleo para descargar las barcas que se dirigían al Fuerte, así como el emplazamiento de San Francisco se decidió por haber sido Yerba Buena lugar de desembarco de la Misión de San Francisco de Asís.
Invertí todas mis ganancias en tres parcelas en Sacramento, y obtuve pingües beneficios después de venderlas a un tal McNulty de Mansfield, Ohio.
Sólo disponía de un permiso de dos meses, en el que el General Smith, su Estado mayor y su cortejo de amigos civiles estaban recorriendo todas la minas de oro, y habiendo tenido noticia de que estaba de vuelta a su cuartel general en Sonoma, dejé el trabajo, vendí mis utensilios, y le dejé el vagón y las mulas a mi primo Charley Hoyt, que era dueño de un almacén en Sacramento, e iba a establecerse pronto como ranchero, teniendo la intención de adquirir un rancho en Bear Creek, en el que después se instaló el Campamento "Far West". Después logró vender las mulas y mis vagones, y al final acabé obteniendo, entre unas cosas y otras, 6000 dólares por dos meses de trabajo.
Después regresé al Cuartel General de Sonoma, a tiempo de atender a mi compañero y Ayuda de Campo Gibbs en una larga y penosa enfermedad, durante la cual quedó a bordo del barco almacén, al cuidado del Capitán George Johnson que reside ahora en San Francisco.
El General Smith convino en que a la primera ocasión que me presentara me enviaría de regreso a estados unidos como portador de ciertos despachos, pero que no podría hacerlo hasta que completara el reconocimiento de Oregón, que también estaba bajo su mando.
En ese verano de 1849 continuo afluyendo gran cantidad de gente a California. Llegaban los vapores uno detrás de otro, estableciéndose una línea de San Francisco a Sacramento, siendo el Senador el pionero, y cobrando 16 dólares por el pasaje, y hasta llegando a acuñar dinero. Nuestros barcos se confeccionaban con materiales que habían llegado bien por el Cabo de Hornos, bien por las Islas Sandwich. Se construyeron muelles, y las casas surgían como si de un sortilegio de tratara, y la Bahía de San Francisco presentaba un aspecto tan activo y lleno de vida como cualquier lugar del mundo. El mayor Allen, de intendencia, que había llegado como Jefe de Intendencia de la División, estaba construyendo un enorme almacén en Benicia, junto con una fila de cabañas confeccionadas con madera que valía 100 dólares cada mil pies. El trabajo fue efectuado por hombres que cobraban 16 dólares al día.
Vi a más de un soldado escrupuloso, que sólo recibía su paga mensual de ocho dólares al mes, y veinte centavos por día por servicios adicional, clavado tablas y tejas como un negro, mientras un civil estaba cobrando 16 dólares al día. Era una verdadera injusticia, creaba indignación entre los soldados, y no se puede sorprender uno en absoluto de que tantos desertaran.
Mientras que la masa del pueblo se preocupaba del oro y de especulaciones increíbles, una camarilla de afanosos políticos se preocupaban de asegurar los "dones" que conlleva el gobierno Civil. Gwin y Fremont estaban allí y T. Butler King de Georgía, había llegado del Este, pretendiendo colocarse. Se quedó con nosotros en Sonoma, y se le consideraba como el candidato del Gobierno para Senador de los EEUU. El General Riley, como gobernador, y el General Halleck, como Secretario de Estado, habían promulgado un edicto para la elección de una convención que redactara una constitución del estado.
Se celebraron elecciones en su día, y la convención se reunió en Monterey. El Doctor Semple fue elegido presidente y and Gwin, Sutter, Halleck, Butler King, Sherwood, Gilbert, Shannon fueron miembros de la misma. El General Smith no tomó parte alguna en esta convención, pero me mandó como observador e informante. La única cuestión que presentaba cierto interés era la de la esclavitud. Por aquellos días no había esclavos en California, salvo unos pocos que habían venido en calidad de criados, pero la gente del Sur en esos días reclamaba su parte en el territorio, pues había sido adquirido mediante los esfuerzos de todas las Secciones de la Unión en la reciente guerra contra Méjico. No obstante, en California no existía demasiada sensibilidad al respecto. Nunca pude escuchar al General Smith, que era de Luisiana, expresarse al respecto. Ni tampoco Butler King, de Georgia mostró el menos interés. Se designó una ponencia para redactar la Constitución, de la que se informó a su debido tiempo, que incorporaba la cláusula usual, conocida como el Wilmot Proviso, que excluía la esclavitud de dicho estado; y en debate posterior no hubo demasiada oposición a tal previsión, que fue aprobada finalmente por gran mayoría, y eso que la Convención había no pocos Sureños.
Sin embargo esta cuestión de California como Estado Libre suscitó iracundos debates en el Congreso Federal, que más de una vez llegaron casi al punto de la guerra Civil.
_________________ Usar de venganza con el más fuerte es locura, con el igual es peligroso, y con el inferior es vileza.
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