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 Asunto: Re: Guerra de Secesión
NotaPublicado: Lun Ene 23, 2012 7:36 pm 
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Te hará reír :lol:

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 Asunto: Re: Guerra de Secesión
NotaPublicado: Lun Ene 23, 2012 7:37 pm 
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Te hará reír :lol:


Depende, reir o llorar. :mrgreen:

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 Asunto: Re: Guerra de Secesión
NotaPublicado: Lun Ene 23, 2012 7:38 pm 
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Les dices eso tras un azote y te miran to serias... durante un segundo

:cuna:

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 Asunto: Re: Guerra de Secesión
NotaPublicado: Lun Ene 23, 2012 7:38 pm 
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No me hables, no me hables...

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 Asunto: Re: Guerra de Secesión
NotaPublicado: Lun Ene 23, 2012 7:40 pm 
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Malet escribió:
reir

Yo no pienso ir dos veces. Ya sabes, razones de seguridad

:oops:

Qué malo.

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 Asunto: Re: Guerra de Secesión
NotaPublicado: Lun Ene 23, 2012 8:59 pm 
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¿Ein?

Vaya torrijón llevo, tú. :lol:

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 Asunto: Re: Guerra de Secesión
NotaPublicado: Mar Ene 24, 2012 1:28 pm 
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Eso se cura con besitos.

LoL

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 Asunto: Re: Guerra de Secesión
NotaPublicado: Mar Ene 24, 2012 5:00 pm 
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Cad escribió:
Eso se cura con besazos.

LoL


Ya tuve terapia en ese sentido el otro día. :naughty:

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 Asunto: Re: Guerra de Secesión
NotaPublicado: Mar Ene 24, 2012 6:03 pm 
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Y yo que me alegro.

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 Asunto: Re: Guerra de Secesión
NotaPublicado: Mar Feb 14, 2012 12:14 am 
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Cuando me levanté me di cuenta de que había confeccionado una especie de lancha a vela con una bolsa de tule, y que navegaba rumbo a las minas de oro. Se sentaba a horcajadas sobre la bolsa, llevando consigo un pequeño paquete con carne y pan envueltos en un trozo de tela; otro trozo, similar al que se empleaba en las banderas para hacer señales, fue fijado a la vela, y con una simple paleta estaba dirigiendo su pequeña embarcación por la amplia bahía, siguiendo el rumbo de las goletas y demás embarcaciones que sabía que remontaban el río Sacramento. Se había alejado ya cien yardas de la orilla. Saqué mi revólver, y le dije a voces que regresara. Después de dudar un momento, empezó a volverse. La bolsa no era sino un amasijo de tule liado con cuerdas de cáñamo con la forma de un cigarro, de unos diez pies de largo y dos de ancho.

Con embarcaciones similares los indios de California atraviesan muy largas corrientes. Cuando llegó a la orilla, le eché un buen rapapolvo por su frustrada deserción, y le ordené que preparara el desayuno inmediatamente.

Cuando llegó el momento le devolvimos a su nave, el Ohio. Posteriormente, Mr. Hartnell me encargó el deslinde de su rancho en el río Cosnmnes, en el Valle del Sacramento.

Ord y un joven que se llamaba Seton, serían mis socios en esta empresa. Compré a Rodman M. Price un compás de agrimensor, cadenas, etc, y en San Francisco, un pequeño vagón y un arnés. Valiéndonos de una goleta, a la que se le había encomendado transportar al Mayor Miller y a dos Compañías del Segundo de Infantería de San Francisco A Stockton, pudimos llegar a nuestro destino con poco costo.

Recuerdo una anécdota que ocurrió cuando la goleta había anclado en los Estrechos de Carquinez, frente por frente con el campamento militar en la costa.

Esperábamos el amanecer y buenos vientos; la goleta había anclado con la marea baja, y al alba Ord y yo habíamos ido a la costa para ocuparnos de algo. Cuando estábamos volviendo, pudimos escuchar los gritos de los soldados, y vimos que todos corrían hacia el agua. Así atraída nuestra atención, pudimos observar que algo estaba nadando en el agua, y remamos hasta allí, pensando que sería un coyote: pero pronto nos percatamos de que se trataba de un enorme oso grizzli, que estaba atravesando el canal. Como no teníamos armas, remamos a toda prisa hasta la goleta, gritando, mientras nos acercábamos, ¡Un oso, un oso! Dio la casualidad de que el Mayor Miller estaba en cubierta lavándose. Corrió velozmente a la proa, tomó un mosquete de manos del centinela, y disparó contra el oso, cuando pasaba a poca distancia por delante de la goleta. El oso se alzó un poco por encima de la superficie, emitió una suerte de gruñido, pero siguió su curso. Mientras asaltábamos la Santabárbara para tomar nuestras armas, el contramaestre, con una tripulación, dio también la casualidad de que tenía una lancha preparada a estribor, y, armado sólo con un hacha, se aproximaron al oso, y le golpeó en la cabeza. El oso se dio la vuelta, intentó meterse en la lancha, pero el contramaestre le dio de hachazos repetidas veces en las garras, hasta que se fue. Después de varios intentos, logró matarle, lo ató, y lo arrastró hasta la goleta, desde donde fue halado hasta cubierta.

El cuerpo pesaría unas 600 libras. Se supo que el disparo del Mayor Miller le había dado al oso en la barbilla, y le había dejado impedido. De no haber sido por ello, la tripulación probablemente lo hubiera pasado muy pero que muy mal.
Como sucedieron las cosas, su carne nos fue de mucho provecho en el viaje a Stockton.

Allí desembarcamos el vagón, las provisiones y los instrumentos. Adquirí dos buenas mulas al precio de 300 dólares cada una. Las enganchamos y partimos para el río Coaumnes. Pasadas 12 millas se hallaba el Mokelumne, una corriente amplia y poderosa, que se cruzaba con canoas. Desmontamos nuestro vagón en pequeñas piezas, e hicimos que pasar a la otra orilla, conduciendo nosotros a las mulas por la corriente. Al cruzar, una de las mulas se enredó con la brida de otra, y por un momento pensamos que había pasado a mejor vida; pero se salvó y la enganchamos de nuevo. Las mulas eran animales de carga; ninguna había visto antes un vagón. El joven Seton también estaba muy verde, y no se había ocupado de una mula en su vida. Pusimos los arneses, y empezamos a engancharlas, cuando una de las mulas giró la cabeza, vio el vagón y empezó a caminar. La sujetamos lo mejor que pudimos, pero la bestia no paró hasta que hizo trizas el enganche del vagón.

La verdad era que Seton había puesto la brida a la mula sin taparle los ojos antes.

Echamos pestes a base de bien, pero eso no arreglaría nada. Y sí queríamos hacer reparaciones el sitio más cercano era el fuerte Sutter, así que estábamos en una situación límite. Retrocedimos una milla y compramos cuero. Tomamos los fragmentos del enganche y cortando después la soga en tiras, logramos arreglar la cosa bastante chapuceramente. Mientras el cuero estaba fresco, el enganche quedaba muy endeble, pero cuando el sol lo fue secando poco a poco, se ajustó mejor y el enganche aguantó un mes entero.

Esto nos costó un día de retraso; pero, cuando pudimos reparar los daños, nos pusimos de nuevo en marcha y alcanzamos el cado del Cosumnes, donde empezaría nuestra labor. El "Expediente" (en castellano en el original) o los títulos del rancho, describía que tenía una extensión de 9 o 10 leguas en el Cosumnes, en el lado sur, y también entre el río San Joaquín y Sierra Nevada.

Comenzamos a trabajar en el lugar en que la carretera cruza el Cosumnes y trazamos una línea de cuatro millas al sur, perpendicular a la dirección de la corriente; después, midiendo la corriente, poníamos mojones a cada milla para poder admitir una subdivisión de una por cuatro millas.

La tierra era árida y de poca valía con la excepción, aquí y allí, de algunas pequeñas parcelas ribereñas en su gran mayoría en el lado norte de la corriente.

Continuamos con nuestras mediciones hasta pasar 20 millas en las colinas que quedaban sobre el molino de Dailor y Sheldon. Llevó un mes realizar este trabajo, que cuando acabó, quedó perfecto; y como honorarios recibimos una décima parte de la tierra, o dos subdivisiones. Yo y Ord tomamos posesión de la tierra y pagamos a Seton en efectivo por su trabajo. Al vender mi parcela obtuvo después 3000 dólares.

Después de acabar el encargo de Hartnell, cruzamos el río para llegar a la casa de Dailor, y trabajamos para él, a razón de 500 dólares al día.

Concluida nuestra labor en el Cosumnes, seguimos hacia Sacramento, donde el Capitán Sutter nos empleó para poner en conexión la medición de Sacramento City, que fue efectuada por el Teniente Warner, y la de Sutterville, tres millas más al sur, que estaba siendo reconocida entonces por el Teniente J. W. Davidson, del primero de Dragones.

En ese último lugar la llanura de Sacramento llegaba muy cerca del río, y hubiera supuesto un mejor lugar para fundar una ciudad que el terreno bajo y sumergido donde se halla ahora; pero parece ser una ley humana que ninguna ventaja natural se toma en consideración una vez que los negocios escogen un lugar. El viejo Embarcadero de Sutter se convirtió en Sacramento, simplemente por ser el primer lugar que se empleo para descargar las barcas que se dirigían al Fuerte, así como el emplazamiento de San Francisco se decidió por haber sido Yerba Buena lugar de desembarco de la Misión de San Francisco de Asís.

Invertí todas mis ganancias en tres parcelas en Sacramento, y obtuve pingües beneficios después de venderlas a un tal McNulty de Mansfield, Ohio.

Sólo disponía de un permiso de dos meses, en el que el General Smith, su Estado mayor y su cortejo de amigos civiles estaban recorriendo todas la minas de oro, y habiendo tenido noticia de que estaba de vuelta a su cuartel general en Sonoma, dejé el trabajo, vendí mis utensilios, y le dejé el vagón y las mulas a mi primo Charley Hoyt, que era dueño de un almacén en Sacramento, e iba a establecerse pronto como ranchero, teniendo la intención de adquirir un rancho en Bear Creek, en el que después se instaló el Campamento "Far West". Después logró vender las mulas y mis vagones, y al final acabé obteniendo, entre unas cosas y otras, 6000 dólares por dos meses de trabajo.

Después regresé al Cuartel General de Sonoma, a tiempo de atender a mi compañero y Ayuda de Campo Gibbs en una larga y penosa enfermedad, durante la cual quedó a bordo del barco almacén, al cuidado del Capitán George Johnson que reside ahora en San Francisco.

El General Smith convino en que a la primera ocasión que me presentara me enviaría de regreso a estados unidos como portador de ciertos despachos, pero que no podría hacerlo hasta que completara el reconocimiento de Oregón, que también estaba bajo su mando.

En ese verano de 1849 continuo afluyendo gran cantidad de gente a California. Llegaban los vapores uno detrás de otro, estableciéndose una línea de San Francisco a Sacramento, siendo el Senador el pionero, y cobrando 16 dólares por el pasaje, y hasta llegando a acuñar dinero. Nuestros barcos se confeccionaban con materiales que habían llegado bien por el Cabo de Hornos, bien por las Islas Sandwich. Se construyeron muelles, y las casas surgían como si de un sortilegio de tratara, y la Bahía de San Francisco presentaba un aspecto tan activo y lleno de vida como cualquier lugar del mundo.
El mayor Allen, de intendencia, que había llegado como Jefe de Intendencia de la División, estaba construyendo un enorme almacén en Benicia, junto con una fila de cabañas confeccionadas con madera que valía 100 dólares cada mil pies. El trabajo fue efectuado por hombres que cobraban 16 dólares al día.

Vi a más de un soldado escrupuloso, que sólo recibía su paga mensual de ocho dólares al mes, y veinte centavos por día por servicios adicional, clavado tablas y tejas como un negro, mientras un civil estaba cobrando 16 dólares al día. Era una verdadera injusticia, creaba indignación entre los soldados, y no se puede sorprender uno en absoluto de que tantos desertaran.

Mientras que la masa del pueblo se preocupaba del oro y de especulaciones increíbles, una camarilla de afanosos políticos se preocupaban de asegurar los "dones" que conlleva el gobierno Civil. Gwin y Fremont estaban allí y T. Butler King de Georgía, había llegado del Este, pretendiendo colocarse. Se quedó con nosotros en Sonoma, y se le consideraba como el candidato del Gobierno para Senador de los EEUU. El General Riley, como gobernador, y el General Halleck, como Secretario de Estado, habían promulgado un edicto para la elección de una convención que redactara una constitución del estado.

Se celebraron elecciones en su día, y la convención se reunió en Monterey. El Doctor Semple fue elegido presidente y and Gwin, Sutter, Halleck, Butler King, Sherwood, Gilbert, Shannon fueron miembros de la misma. El General Smith no tomó parte alguna en esta convención, pero me mandó como observador e informante. La única cuestión que presentaba cierto interés era la de la esclavitud. Por aquellos días no había esclavos en California, salvo unos pocos que habían venido en calidad de criados, pero la gente del Sur en esos días reclamaba su parte en el territorio, pues había sido adquirido mediante los esfuerzos de todas las Secciones de la Unión en la reciente guerra contra Méjico.
No obstante, en California no existía demasiada sensibilidad al respecto. Nunca pude escuchar al General Smith, que era de Luisiana, expresarse al respecto. Ni tampoco Butler King, de Georgia mostró el menos interés.
Se designó una ponencia para redactar la Constitución, de la que se informó a su debido tiempo, que incorporaba la cláusula usual, conocida como el Wilmot Proviso, que excluía la esclavitud de dicho estado; y en debate posterior no hubo demasiada oposición a tal previsión, que fue aprobada finalmente por gran mayoría, y eso que la Convención había no pocos Sureños.

Sin embargo esta cuestión de California como Estado Libre suscitó iracundos debates en el Congreso Federal, que más de una vez llegaron casi al punto de la guerra Civil.

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 Asunto: Re: Guerra de Secesión
NotaPublicado: Sab Feb 18, 2012 3:40 pm 
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Esta noche ponen Gettysburg en el canal de los curas (canal 13), que lo sepais, es la peli de la novela Ángeles asesinos de Michael Shaara.

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 Asunto: Re: Guerra de Secesión
NotaPublicado: Sab Feb 18, 2012 5:37 pm 
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Mí película favorita sobre la Guerra de Secesión es Glory, con diferencia.

Cada vez que oigo eso de "¡a por ellos 54!" se me ponen los vellos de punta.

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 Asunto: Re: Guerra de Secesión
NotaPublicado: Sab Feb 25, 2012 3:03 pm 
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El resultado final de la convención fue la elección de los cargos públicos del Estado así como de la Legislatura que se reunió en San José en Octubre y Noviembre de 1949, y que eligió a Fremont y a Gwin como los primeros senadores de los Estados Unidos en el Congreso de la Costa del Pacífico.

Poco después de regresar de Monterey, el General Smith me envió a Sacramento para instruir a los Tenientes Warner y Williamson, del cuerpo de Ingenieros, para continuar con el reconocimiento de la Sierra Nevada, con el fin de evaluar la posibilidad de tender una línea de ferrocarril a través de tal cordillera, materia que entonces suscitaba un interés general. Se suponía por lo común que tal vía férrea no podría discurrir a lo largo de los caminos que por entonces empleaban los inmigrantes, y las órdenes de Warner consistían en examinar la situación más al norte hasta el río Feather o alguno de sus afluentes. Warner se ocupó de tal reconocimiento durante el otoño y el invierno de 1849, y sus exploraciones llegaron hasta el mismo Lago Goose, la fuente del río Feather. A renglón seguido, dejando a Williamson con el equipaje y parte del contingente, llevó consigo diez hombres y un guía muy experto, cruzó la cima hacia el este, y se dirigió hacia el sur, dejando la cordillera a su derecha, con el fin de volver a su campamento por otro paso de montaña. La compañía marchaba en fila india, con mucho espacio entre sus efectivos, siempre con Warner a la cabeza. Acababan de atravesar un pequeño valle cuando una partida de indios surgieron de repente y arrojaron una lluvia de flechas. La mula se dio la vuelto y tomó hacia el valle, y allí mataron a Warner, acribillado por cinco dardos. La mula pereció también. El guía, que estaba cerca de Warner, quedó herido de muerte, y uno o dos hombres también recibieron flechazos, pero pudieron recuperarse.

La partida se agrupó junto al cadáver de Warner, a la vista de los indios, que lanzaban alaridos, pero que no se aventuraron a salir de las rocas que les protegían. Esta partida permaneció allí el día entero sin enterrar los cadáveres, y por la noche, dando un gran rodeo, atravesaron la montaña y alcanzaron el campamento de Williamson. Las noticias de la muerte de Warner ocasionaron gran tristeza en todos los viejos Californianos, que le conocían bien. Era un hombre concienzudo, prudente y honrado, que ni pintiparado para su oficio, y muy perfeccionista en todo lo que emprendía. Habíamos sido amigos íntimos durante mi estancia de cuatro años en la California, y sentí mucho su muerte. La estación estaba demasiado avanzada como para tratar de vengar su muerte, y no fue hasta la primavera siguiente que se envió una partida para reunir y enterrar sus restos mortales.

En tanto que llegaba el invierno, un torrente de emigrantes llegaban a la California, cansados y polvorientos después de dos mil millas de fatigoso viaje a través de praderas y montañas. Los que llegaron en octubre y noviembre informaron de miles de personas que se habían rezagado, con los bueyes pereciendo, y escasos de provisiones. Llegaron peticiones de auxilio, y el General Smith resolvió hacer lo que pudiera. El Mayor Rucker, que había llegado con Pike, del batallón de Dragones de Graham, había ocupado el puesto del Mayor Fitzgerald, de intendencia, y fue destacado para prestar ese auxilio. El General Smith ordenó que se pusiera a su disposición mil dólares del fondo civil, sometido a su supervisión, para adquirir con ellos en Sacramento harina, tocino, etc y para contratar hombres con mulas para encontrar y prestar socorro a los inmigrantes.

El Mayor Rucker cumplió escrupulosamente con su deber, mandando trenes cargados con provisiones a través de las diversas rutas por las que se sabía que venían los inmigrantes, y marchó el mismo con uno de los trenes, permaneciendo en las montañas hasta que el último de los inmigrantes las atravesó. No me cabe duda de que esta expedición salvó más de una vida que ha resultado muy valiosa después para nuestra patria.

Me quedé en Sacramento buena parte del otoño de 1849, reconociendo entre los inmigrantes a muchos de mis amigos íntimos, John C. Fall, William King, Sam Stambaugh, Hugh Ewing, Hampton Denman, etc

Me ocupé de que Rucker empleara a estos dos últimos en el tren destinado al socorro de los inmigrantes. Habían propuesto instalarse en un rancho en mis tierras del Cosumnes, pero después mudaron de parecer, y marcharon con Rucker.

Mientras me hallaba en Sacramento el General Smith había emprendido el viaje a Oregón que tenía planeado, y prometió que estaría de vuelta en diciembre, momento en que me enviaría de vuelta a casa con ciertos despachos. Por lo tanto, como el invierno y la estación lluviosa estaba al caer, marché a San Francisco y pasé algún tiempo en el Presidio, esperando pacientemente el regreso del general. En Navidades arribó un navío procedente de Oregón con los despachos, junto con una orden para que los entregara en persona al General Winfield Scott, que se hallaba en Nueva York. El General Smith me los había enviado, permaneciendo algún tiempo más en Oregón. Por supuesto estaba preparado, y más integrantes de nuestro grupo volverían según lo previsto, a saber, Rucker, Ord, A. J. Smith, etc, algunos cumpliendo órdenes y otros de permiso. Como deseaba ver a mis viejos amigos de Monterey, tome un vapor el 1 de enero de 1850, abonando 600 dólares por el viaje hasta Nueva York, y luego me dirigí a Monterey por tierra, acompañándome Rucker. El clima era inusitadamente lluvioso, y toda la pradera de Santa Clara estaba encharcada; pero logramos llegar a Monterey a tiempo. Allí fue recibido por mis amigos, Doña Angustias, Manuelita y su familia, y se decidió que me llevaría a dos de los muchachos a casa conmigo para que ingresaran en el Colegio de Georgetown, a saber, Antonio y Porfirio, de 13 y 11 años respectivamente. La "doña" me entregó un paquete con polvo de oro para pagar por el pasaje y para la entrada en el colegio. Y el día dos de enero se presentó puntualmente el vapor Oregón.
Embarcamos de inmediato y nos dirigimos a casa. En esos días los vapores llegaban a San Diego, Acapulco y Panamá. Nuestro viaje remontando la costa fue muy agradable. Cuando llegamos a Panamá, en unas mulas de alquiler llegamos hasta Gorgona, en el Río Cruces, donde alquilarmos una barca y remamos hasta la desembocadura del río, donde nos esperaba el Vapor Crescent City. Normalmente llevaba cuatro días enteros cruzar el istmo, y cada pasajero tenía que cuidar de sí mismo, resultando realmente divertido ver las dificultades que pasaban las señoras y los caballeros que no estaban acostumbrados a ir en mula. Pero como nosotros ya éramos veteranos en la materia, el viaje fue cómodo e interesante. A su debido tiempo llegamos al Crescent City, que se bamboleaba en la mar, y nos embarcamos subiendo una escala que estaba en la popa.

Hubo que subir a algunas de las damas haciendo bajar una tina, lo que resultaba desternillante para nosotros pero un tanto agobiante para las pobres mujeres, especialmente una bien entrada en carnes, que llamaba mucho la atención.
El General Fremon, su esposa y su hija (Lillie) eran también pasajeros con nosotros que habían venido desde San Francisco. Pero como La Señora Fremont no se encontraba bien, se quedaron algún tiempo en Panamá.
El Senador Gwin también era uno de los pasajeros con destino a Nueva York, donde llegamos a finales de enero, después de un viaje agradable y sin incidencias. Nuestra partida, formada por Ord, A. J. Smith, y Rucker y los dos muchachos Antonio y Porfirio, se quedaron en Delmonico, en Bowlin Green; y tan pronto como nos habíamos adecentado un poco, tomé un carruaje, me dirigí al despacho del General Smith en la calle novena, entregué los despachos, me ordenaron que comiera con él el día siguiente, y después me ocupé de volver a entablar contacto con mis viejos amigos y conocidos, los Scotts, Hoyts, etc., etc.

Cuando llegabamos a Nueva York la mayoría llevábamos nuestras toscas ropas de soldados, pero pronto nos vestimos adecuadamente y cené con la familia del General Scott, que también estaba presente, y también su yerno y su hija (el Coronel y la Señora H.L. Scott)

El General me interrogó minuciosamente sobre la marcha de los asuntos en la costa del Pacífico, especialmente sobre los asuntos políticos, y me dejó un tanto desconcertado cuando afirmó que nuestra patria estaba en vísperas de una terrible guerra civil. Escuche con mucho interés sus anécdotas sobre mis viejos camaradas del ejército en las recientes batallas que se habían librado cerca de la Ciudad de Méjico, y sentía profundamente que mi país hubiera librado una guerra con un enemigo extranjero, que mis compañeros se hubieran cubierto de gloria y que yo no hubiera escuchado ni un tiro. Por supuesto, en aquellos días pensaba que esa iba a ser mi última oportunidad, y que mi carrera como soldado había llegado a su fin.

Después de pasar cuatro o cinco días en Nueva York, me enviaron, por orden del General Scott, a Washington, para presentar ante el Secretario de Guerra (Crawford, de Georgia) los despachos que había traído conmigo desde California. Cuando llegué a Washington pude saber que el Señor Ewing era Secretario del Interior, y pronto me convertí en un miembro más de su familia. Esta vivía en casa de Mr. Blair, en la Avenida de Pennsylvania, en frente del ministerio de Guerra. Me presenté allí de inmediato y entregué personalmente los despachos a Mr. Crawford, que también me hizo algunas preguntas sobre California, aunque no parecía tener demasiado interés en el asunto, salvo por lo que concernía a la esclavitud y a las rutas que discurrían por Texas. Después fui a ver al mismo Presidente en la casa Blanca. Hallé allí al Mayor Bliss, que había sido profesor mío, de matemáticas, en West Point, y que era secretario privado del General Taylor y también su yerno. Me llevó a su despacho, que también empleaban los secretarios privados del presidente, donde se hallaba el general Taylor. Nunca lo había visto antes, aunque había estado a sus órdenes en florida de 1840 a 1841, y me sorprendió muy agradablemente tanto su presencia imponente como sus maneras agradables y campechanas. Me recibió con mucha amabilidad, me dijo que el Coronel Mason me había cubierto de elogios, y que estaría muy complacido de hacerme cualquier favor que pudiera. Pasamos una hora con él, hablando de California y de sus amigos íntimos, Persifer Smith, Riley, Canby, y otros muchos: aunque el General Scott tenía la reputación de ser el mejor soldado de la Guerra Mexicana, el General Taylor estaba dotado de ese carácter franco, honrado y severo a la vez, que le hacía muy querido por el pueblo, y debido a ello fue elegido Presidente.

Bliss, asimismo, había ganado merecida fama por su pericia y habilidad como General Adjunto y consejero militar. Su porte no era muy militar, y su conversación era vacilante y dubitativa, no causando una impresión demasiado favorable en los que no le conocían; pero tenía una magnífica pluma y sus órdenes y despachos eran un modelo de claridad y precisión militar.

(Fin del Capítulo III)

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 Asunto: Re: Guerra de Secesión
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 Asunto: Re: Guerra de Secesión
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El Sargento Irlandés, te descojonas.

"Putas, feas mejicano-africanas. Vamos a estar todo el día entrenando hasta que lo hagamos bien".

"Hijo de puta negro medio subnormal. ¿Es verdad que os cortan las pelotas al nacer?

"Putos hindús, a ver si lo hacéis bien".

Hay que decir que luego les saluda con orgullo, pero la instrucción es la instrucción. Odiar al capullo que te enseña crea espíritu de cuerpo, supongo.

Por cierto, que tan racistas eran en el Norte como en el Sur. A veces, más, había estados con leyes que literalmente no dejaban asentarse a negros allí.

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