Ni idea de que hay en El Indio de la Avenida de Kansas City, que Zebiya está hermanada con la siudá de Misuri, mi arma y tiene un color espesiáaaa, oleee arsa. Tacatá.
El Indio que conozco es el del carrer del Carme en el Raval de Barcelona, una gran tienda de tejidos de exhuberante ambiente modernista y paños de escasa calidad a buen precio. Merece una visita para el viajero curioso, con su mármol y un ambiente detenido en el tiempo. Tiene encanto y
charme.

En la Plaza Real había hasta hace no muchos años un lugar denominado El Taxidermista Museo Pedagógico, que en sus buenos tiempos exhibía osos polares en el escaparate, y disponía de todo tipo de animales: hipopótamos y criaturas marinas y todas las aves que hayas visto en los libros, por raras que sean.

Me gustaba entrar en ese sitio pese a la desagradable peste, como la del Museo de Historia Natural de Londres o el de Barcelona, que tiene cierto interés. Sí, vale, la cabeza de una cebra a la venta hoy resulta una cosa violenta, pero no era la percepción general en los setenta y los ochenta, que nos la sudaba la pobre cebra y siempre hemos sido muy brutos con los animales. Hoy sería un Museo de la Barbarie y el Holocausto Animal sin necesidad de sacrificar más bichos. Tendría su público.
Ahora es OOOOOOOOOOOTRO restaurante para turistas, los reyes del mambo en BCN, que suben Paseo de Gràcia en hordas hasta Provenza para ver... la lona que cubre la Pedrera. Se sigue llamando El Taxidermista, nombre que tira patrás para un sitio de jalar pero no lo puede cambiar porque figura en la fachada y tal vez esté protegida. En fin, un absurdo.
Historias del Taxidermista