|
Me tomo la libertad de abrir este hilo porque necesito volcar mi experiencia para que todos aprendan de un perdedor que ha adquirido de repente la habilidad siempre negada por la madre Naturaleza y un sinfín de circunstancias etílicas.
Hace unos días recibí, mediante mensajería instantánea, que no tiene ningún interés para el relato, un mensaje harto disuasorio. Era mi hermano, gran aficionado al deporte, no solo sofasticado, sino practicado incluso. Necesitaban, para su partido semanal, un jugador, ya que uno de los habituales, por algún infortunio indeseado, fue víctima de una desafortunada lesión. Mi respuesta, como no podía ser de otro modo, fue negativa. Debo añadir que, en mi juventud (aunque aún me considero joven), practiqué ese deporte que ha tornado en espectáculo de masas. Hacía años, por no decir siglos, mentalmente hablando, que no golpeaba un balón con alguna de las dos extremidades inferiores utilizadas para tal efecto. Insistió. Volví a negarme a participar. Mi negativa, básicamente, radicaba en mi estado de forma, no está uno ya para trotes festivos cuando ni siquiera es capaz de seguir el ritmo de una moza veinteañera de fabulosa vitalidad. Insistió nuevamente. Me negué y sumé a mi negativa un emoticono desaprobador para fortalecer mi mensaje. No surtió el efecto deseado y recibí una insistencia más y dos emoticonos que hicieron tambalear mi autoestima. Por fin, accedí, con reticencias y sumando a mi aquiescencia una serie de requiusitos: indumentaria deportiva, descansos cada cinco minutos y una cantimplora que contuviera algún brebaje espirituoso que coadyuvase a mi restablecimiento inmediato para continuar dignamente con el choque. Solo obtuve la primera, naturalmente.
El caso es que me vi envuelto en una coyuntura inesperada y temía no responder. Me consoló parcialmente que el encuentro se disputara en un gimnasio, que tiene sus pros y sus contras, muchos contras (un calor insoportable que deja a uno exhausto con dos carreras, mocitas alrededor observando cómo deambulas colocándote los pantalones que se te meten por la raja del culo, raudas carreras para alcanzar un balón suelto que acaban en decúbito supino bajo la atenta mirada de las mocitas que murmuran entre ellas el lance y sonríen indulgentemente..., es todo muy penoso, os lo puedo asegurar). Me consoló también ver a algunos de los participantes con sobrepeso, vano consuelo tras la paliza que nos llevamos. Los pros... no te mojas. Comenzó el partido de una forma desenfadada, cuando nos quisimos dar cuenta habíamos encajado seis goles y comenzábamos a mirarnos extrañados porque al fondo también había una portería como la nuestra, en serio, era grande. Para colmo, el terreno de juego no cumplía la normativa establecida por la FIFA y se limitaba a unos treinta metros de largo por quince o veinte de ancho, todo esto a ojo de buen cubero, y la gracia estaba en no disparar desde más allá del medio del campo. Cuando encajamos el séptimo gol, por cero de nuestro lado, había acabado con las existencias de agua a los diez minutos del inicio. Aún nos quedaban cincuenta largos minutos de sudoroso penar. Logramos marcar un gol de una factura hermosa: cogí la pelota en nuestra área y se la pasé a un compañero que, al verse amenazado por la presión de un oponente, decidió devolvérmela con inusual fuerza, fruto, como digo, de la presión ejercida por el rival, y la alojó con una maestría envidiable en la red que debíamos mantener en custodia. Lejos de amilanarnos, y haciendo de tripas corazón, agarrando al toro por los cuernos, fuimos a por todas cuando el marcador reflejaba un embarazoso 10-0. Los siguientes veinte minutos fueron nuestros, aunque el marcador no reflejó los méritos hechos: 13-5. Agotado, con calambres en las piernas, el cerebro apenas regado por un hilillo de plastilina sanguínea, elevé mi voz sobre el resto de bufonadas y emití un discurso de aliento breve pero cargado de una fuerza inconmensurable: "¡Vamos, coño!". Cinco minutos después me abrí de piernas y se dio por concluida mi sonrojante incursión en el mundo del fútbol amateur. El resultado final fue de 15-5. No marqué ningún gol. Acabé hecho un ecce homo. Cada paso que doy, el dolor me impide olvidar la humillación.
La conclusión que extraigo se puede resumir en el siguiente aforismo: El deporte, como las ex, cuanto más lejos, mejorando lo presente.
_________________
|