Yo ya no tengo palabras. Es tal el revoltijo de embustes, medias verdades, quejas de mal perdedor y tonterías sin pies ni cabeza que parece que lo hagan a propósito. Hacen que Eduardo Inda parezca un periodista.
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Los árbitros, ese colectivo que en representación del fútbol español nunca llegará a la final del Mundial, no han tardado ni una jornada en exhibir las carencias y torpezas propias de los malos estudiantes que suspenden un curso sí y otro también.
Seguro que el estamento rebulle en toda la geografía de árbitros jóvenes y capaces que, con verdadera pasión por el fútbol, se entregan vocacionalmente y por muy poco dinero a eso que abstractamente se denomina el arbitraje. Lástima que les haya tocado vivir el final de una época tan oscura como larga donde los únicos méritos que cuentan son ser cortesano de Sánchez Arminio o tener buenos contactos en el comité de designación.
El Barça, que inicia una era de profesionalización de las relaciones con las instituciones como la Federación Española -a través de Albert Solé, ex secretario de estado para el deporte-, sólo ha tenido atado en corto a los 'malos' en los último años de Núñez y en algunas fases de la era Laporta. Tenían el estómago de aguantarle las bromas, los mandados y los mandatos a Ángel María Villar.
Para entender cómo el fútbol español está dominado por Villar y Sánchez Arminio es necesario tener nociones de arqueología y una especialidad en tribus inextinguibles. Los arbitrajes, no hay que engañarse, se controlan o no se controlan.
Y el Barça, siendo grande y poderoso como es, poco pinta o nada en el centralista órgano de poder que elige, nomina, designa y asciende o suspende a los colegiados. La prueba es que después de tres Liga seguidas con Pep Guardiola, desde la 2008-09 a la 2010-11, al Madrid se le concedió una por decreto.
Podía haberla perdido tranquilamente en el campo, pero de forma casual se produjo un cúmulo concatenado y continuado de errores y decisiones arbitrales que en la misma proporción favorecieron al Real Madrid y perjudicaron. Fue aquella Liga que, en diciembre, Guardiola ya decía que "no la guanyarem".
Poco después trascendió que el entonces presidente Rosell se había reunido en secreto con Villar. Rosell no se anduvo por las ramas. Fue directo al grano, sabiendo de antemano que aquella Liga, ya insalvable, había sido asignada, por pura supervivencia y necesidad vital, a Florentino Pérez.
Lo que le dijo el presidente del Barça fue lo que haría si en la siguiente temporada el tono de los arbitrajes no recupera la normalidad. Villar, de estampa primitiva y discurso corto, entendió el mensaje. El Barça ganó la siguiente temporada sumando 100 puntos sin que nadie le regalara nada. Sólo no le quitaron mucho, lo normal.
El año pasado, aunque la batuta arbitral apenas tuvo que esforzarse para dejar KO al Barça en su peor temporada de los últimos años, no son pocos los barcelonistas que recuerdan la concesión del primer gol del Madrid en la final de Copa, nacida en fuera de juego, y la anulación del 2-1 en el último partido de Liga que habría dado el título al Barça. ¿El árbitro? El mismo, Mateu Lahoz.
No estaría de más sentarse a hablar con Villar aunque sea furtivamente y con algo de munición.
POS SI NO FUERA POR LOS ÁRBITROS TODAS Y CADA UNA DE LAS LIGAS SIN EXCEPCIÓN DESDE 1928 HASTA AHORA SERÍAN DEL BARÇA, COMO LO PRUEBA EL QUE ME INVENTO LO QUE ME SALE DE LO QUE ABSTRACTAMENTE LLAMAMOS MIS CULERDOS COJONES.