Por veladas alusiones:
Empecemos por el postmarxismo, el paradigma nacido tras la caída del bloque soviético, que trata de reformular un socialismo más allá de la socialdemocracia mediante su hibridación con el populismo y la incorporación de tradiciones políticas no occidentales; incorporando la metodología de la Teoría del Discurso y del postestructuralismo para renovar el enfoque estratégico gramsciano, y problematizando la cuestión del sujeto revolucionario y la clase social privilegiada como sujeto histórico de la Revolución dentro de un esquema normativo que incorpora el respeto al pluralismo político y a la democracia formal.
Cualquiera de las obras del matrimonio de la politóloga belga Chantal Mouffe y el politólogo argentino Ernesto Laclau, cuyas teorías pueden ser entendidas como la formulación académica más depurada del nuevo populismo/socialismo latinoamericano en sus diferentes formas como el bolivarianismo, el kirchnerismo, el evomoralismo.
El clásico es
El retorno de la política, de Mouffe. Una apuesta por la democracia radical y un análisis acerca de la imposibilidad de la superación postpolítica y tecnocrática del conflicto entre ideologías dentro del marco demoliberal, frente a la tesis del Fin de la Historia. Reivindicación del disenso agonístico (competencia entre modelos y programas bien diferenciados que eviten el seudoconsenso centrista pero respetando al adversario)
Hegemonía y estrategia socialista, de Mouffe y Laclau. Manual neogramsciano.
La razón populista, de Laclau. Vindicación del populismo de izquierda latinoamericano y de la categoría Pueblo para construir regímenes nacional-populares de vocación socializante.
Contingencia, hegemonía, universalidad. Un ameno debate a tres voces entre Slavoj Zizek el neoleninista lacaniano, Judith Butler el/la gurú del transmaricabolliqueerismo, y Laclau. Hegelianismo, subalternidades, estrategias antagonistas y posmodernidad a raudales, hay que tomarlo con calma y humor.
Una cita reveladora donde de paso se exponen las diferencias con el enfoque postoperaísta de Negri y la apuesta por la Multitud.
Citar:
Creo que es importante darnos cuenta de que las diferencias entre los dos enfoques que he presentado surgen de las diferentes ontologías que sostienen sus respectivos marcos teóricos. La estrategia del éxodo, basada en una ontología de la inmanencia, supone la posibilidad de un salto redentor hacia una sociedad que está más allá de la política y la soberanía, en la cual la Multitud sería capaz de forma inmediata de gobernarse a sí misma y actuar concertadamente sin necesitar la ley ni el Estado, y donde el antagonismo habría desaparecido. La estrategia hegemónica, en contraste, reconoce que el antagonismo es irreductible, y en consecuencia la objetividad social nunca se puede constituir por completo, a resultas de lo cual el consenso totalmente inclusivo y la democracia absoluta no se pueden lograr nunca. De acuerdo con el punto de vista inmanentista, el terreno ontológico prioritario es un terreno de multiplicidad. En muchos casos, se basa en una ontología vitalista de acuerdo con la cual el mundo físico y social se ve enteramente como la expresión de alguna fuerza vital subyacente. El problema que presentan todas las versiones de este punto de vista inmanentista es su incapacidad de dar cuenta del papel que juega la negatividad radical, esto es, el antagonismo. Es cierto que la negación está presente en todos esos teóricos, quienes incluso utilizan el término "antagonismo"; pero su negación no se concibe como una negatividad radical. Se concibe a cambio o bien bajo el modo de una contradicción dialéctica, o bien simplemente como una oposición real. Como mostramos en Hegemonía y estrategia socialista, para poder concebir la negación bajo el modo del antagonismo se requiere un enfoque ontológico diferente, en el cual el territorio ontológico principal sea un territorio de división, de unicidad malograda. El antagonismo no se puede comprender cuando se plantea una problemática concibiendo la sociedad como un espacio homogéneo, porque ello es incompatible con el reconocimiento de la negatividad radical. Como ha enfatizado Ernesto Laclau, los dos polos del antagonismo están ligados por una relación no-relacional, no pertenecen al mismo espacio de representación, siendo por tanto heterogéneos entre sí. Es de esta heterogeneidad irreductible de donde emergen. Con el fin de abrir espacio a la negatividad radical, lo que necesitamos es abandonar la idea inmanentista de un espacio social homogéneo saturado, para reconocer el papel de la heterogeneidad. Esto requiere renunciar a la idea de una sociedad que está más allá de la división y del poder, que no necesita la ley ni el Estado, en la que la política, en definitiva, desaparecería.
Se podría argumentar que la estrategia del éxodo es la reformulación, con vocabulario diferente, de la idea de comunismo tal y como la encontramos en Marx. En efecto, hay muchos puntos en común en las ideas de los postoperaistas y en la concepción marxista tradicional. Es cierto que para ellos ya no existe el proletariado sino la Multitud, que es el sujeto político privilegiado; pero en ambos casos se ve el Estado como un aparato monolítico de dominación que no puede ser transformado. Ha de "ser olvidado" para abrir espacio a una sociedad reconciliada más allá de la ley, del poder y de la soberanía.
Si nuestro enfoque ha sido denominado "posmarxista", es precisamente porque hemos cuestionado el tipo de ontología que subyace a tal concepción. Al traer a primer plano la dimensión de la negatividad que impide la plena totalización de la sociedad, lo que hemos puesto en cuestión es la posibilidad misma de una sociedad reconciliada. Reconocer que el antagonismo es inerradicable implica reconocer que toda forma de orden es necesariamente una forma de hegemonía, y que el antagonismo no puede ser eliminado: la heterogeneidad antagonista señala el limite de la constitución de la objetividad social. En lo que concierne a la política, esto significa la necesidad de concebirla en términos de lucha hegemónica entre proyectos en conflicto que buscan encarnar lo universal y definir los parámetros simbólicos de la vida social. La hegemonía se obtiene mediante la construcción de puntos nodales que fijan discursivamente el significado de las instituciones y de las prácticas sociales, y que articulan el "sentido común" por medio del cual una determinada concepción de la realidad se establece. Se trata de un resultado que siempre será contingente, precario y susceptible de ser cuestionado por medio de intervenciones contrahegemónicas. La política siempre tendrá lugar en un campo atravesado por antagonismos, y concebirla como una forma de "actuar en concertación" lleva a un borrado de la dimensión ontológica del antagonismo, la cual he propuesto llamar "lo político". Una intervención política adecuada es siempre aquella que se compromete en un cierto aspecto de la hegemonía existente, con el fin de desarticular/re-articular sus elementos constitutivos. Nunca puede ser meramente de oposición ni concebirse como una deserción, porque se dirige más bien a re-articular la situación en una nueva configuración.
Otro aspecto importante de la política hegemónica estriba en cómo establecer una "cadena de equivalencias" entre varias demandas, con el fin de transformarlas en demandas que cuestionen la estructura de relaciones de poder existente. Es claro que el conjunto de las demandas democráticas que existen en nuestras sociedades no es necesariamente convergente, e incluso unas pueden estar en conflicto con otras. Es por esto que necesitan ser articuladas políticamente. Lo que está en juego es la creación de una identidad común, un "nosotros"; lo cual requiere que se determine un "ellos". Esto es algo que tampoco comprenden los varios defensores de la Multitud, quienes parecen creer que ésta posee una unidad natural que no necesita articulación política. De acuerdo con Virno, por ejemplo, la Multitud tiene siempre algo en común: el General Intellect. Su crítica a la noción de Pueblo, que Hardt y Negri comparten, por considerarlo homogéneo y expresión de una voluntad general unitaria que no deja espacio a la multiplicidad, queda totalmente fuera de lugar si pensamos en la construcción del Pueblo mediante una cadena de equivalencias. En este caso, de lo que se trata es de una forma de unidad que respeta la diversidad y que no borra las diferencias. Como hemos enfatizado repetidamente, una relación de equivalencia no elimina la diferencia, pues entonces tendríamos simplemente una identidad. Estas diferencias pueden ser sustituidas las unas por las otras tan sólo en la medida en que, en tanto diferencias democráticas, se oponen a las fuerzas o discursos que las niegan. Es por esto que la construcción de una voluntad colectiva requiere definir un adversario. Tal adversario no puede ser definido en términos tan generales como "Imperio" o "Capitalismo", sino en términos de puntos nodales de poder que necesitan ser puestos como objetivos y transformados con el fin de crear las condiciones de una nueva hegemonía. Se trata de una "guerra de posiciones" (Gramsci) que necesita ser lanzada en una multiplicidad de lugares. Ello sólo se puede hacer estableciendo conexiones entre movimientos sociales, partidos políticos y sindicatos. Crear, mediante la construcción de una cadena de equivalencias, una voluntad colectiva que se comprometa en un amplio espectro de instituciones con el fin de transformarlas: ésta es, desde mi punto de vista, el tipo de crítica que debería inspirar la política radical.
Advertencia final a los fetichistas obreros-ponga aquí su clase subalterna ideal/pueblo elegido:
Citar:
Hay que abandonar la problemática del sujeto revolucionario privilegiado con vocación de universalidad y con la misión histórica de liberar a la sociedad (...) Es preciso admitir que el sujeto revolucionario socialista será el resultado de una construcción política que articule todas las luchas contra todas las formas de dominación y que, si en ciertos casos un grupo particular va a desempeñar un papel central en esta construcción, es debido a razones derivadas de su capacidad política, por haber logrado crear esta articulación en determinadas condiciones históricas, pero no por razones a priori de carácter ontológico.