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 Asunto: Re: Para no olvidar.
NotaPublicado: Jue Nov 28, 2013 2:25 pm 
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Marx sobre la pena de muerte (o no le leyeron o como tantas cosas sus supuestos "seguidores" no lo fueron tanto):

Citar:
The Times del 25 de enero, bajo el título “Aficionado de la horca”, publica las observaciones siguientes:

"Siempre se ha señalado que en nuestro país siguen a una ejecución pública casos de ahorcamiento —suicidio o accidente—, como consecuencia del poderoso impacto producido por la ejecución de un criminal conocido sobre los espíritus mórbidos e inmaduros.”

En los diversos casos citados por The Times para ilustrar este señalamiento, entre otros encontramos el de un alienado de Sheffield quien, luego de haber hablado con otros alienados sobre la ejecución de Barbour, terminó con sus días ahorcándose. Otro caso es el de un muchacho de catorce años que también se ahorcó.

A un hombre sensato le costaría mucho adivinar en favor de qué teoría son enumerados estos hechos: nada menos que una apología sin ambages del verdugo, al mismo tiempo que un panegírico de la pena de muerte como la ultima ratio [último recurso] de la sociedad. Es esto lo que figura en un artículo faro de un “diario faro”.

The Morning Advertiser, en una muy acerba aunque justa crítica de esta predilección por la horca y de esta lógica sanguinaria del Times, entrega los siguientes datos muy interesantes, referidos a 43 días del año de 1849:

[Aquí hemos omitido el cuadro]

El mismo Times reconoce que este cuadro muestra que no solamente suicidios, sino que también crímenes de los más horrendos se cometen después de la ejecución de los criminales. Cosa sorprendente, el artículo en cuestión no produce ni un solo argumento que favorezca la teoría barbara que propone. Sería muy difícil, si no imposible, establecer un principio por el cual se pudiera fundar la legitimidad o la pertinencia de la pena de muerte, en una sociedad que alardea de ser civilizada. De manera general la pena de muerte ha sido defendida en tanto que medio de enmienda o de intimidación. ¿Pero con qué derecho me infligís una pena para enmendar o intimidar a otra persona? Sin tomar en cuenta que existe la historia —y también cosas como las estadísticas— para establecer como total evidencia que desde Caín el mundo no ha sido ni enmendado, ni intimidado por la aplicación de penas. Al contrario. Desde el punto de vista del derecho abstracto, existe una sola teoría del castigo que reconoce abstractamente la dignidad humana, es la teoría de Kant, especialmente en su versión más intransigente tal cual la ha formulado Hegel. Hegel dice “La pena es el derecho del criminal. Ella es un acto de su voluntad propia. El criminal proclama que la violación del derecho es su derecho. Su crimen es la negación del derecho. La pena es la negación de esta negación y por consecuencia una confirmación del derecho, que el criminal solicita y se inflige a sí mismo.”

Sin ninguna duda esta posición de principio es algo seductora, en la medida en que Hegel, en lugar de ver en el criminal un simple objeto, esclavo de la justicia, lo eleva al rango de un ser libre, que dispone de sí mismo. No obstante, al mirar la cosa de más cerca, nosotros descubrimos que el idealismo alemán, en este caso como en la mayoría de los otros casos, no hace otra cosa que aportar a las leyes de la sociedad existente una consagración trascendental. ¿Acaso no es una trampa sustituir la abstracción de la “libre voluntad” por un individuo con sus motivos reales, con todas las relaciones sociales que lo encierran, una sola de las múltiples cualidades humanas toma el lugar del propio hombre? Esta teoría que considera la pena como el resultado de la propia voluntad del criminal, no es otra cosa que la expresión metafísica de la antigua jus talionis [ley de Talión]: ojo por ojo, diente por diente, sangre por sangre. Para hablar claro, y dejando de lado cualquier circunlocución, la pena no es otra cosa que un medio para la sociedad de defenderse contra la violación de sus condiciones de existencia, cualquiera que pudiera ser su carácter. ¿Pero qué clase de sociedad es esta, que no conoce mejor instrumento para defenderse que el verdugo y cuyo “diario faro” proclama al mundo entero que su propia brutalidad es una ley eterna?

En su excelente y sabia obra, “El Hombre y sus Facultades”, Quételet escribe:

“Existe un presupuesto al que se abona con una espantosa regularidad, se trata del de las cárceles y de los cadalsos (...) Podemos predecir cuantos individuos mancharán sus manos con la sangre de sus semejantes, cuantos van a ser falseadores, cuantos envenenadores, más o menos como se puede pronosticar la cifra anual de nacimientos y de defunciones.”

En un cálculo de probabilidades criminales que publicó en 1829, Quételet predijo con una sorprendente seguridad no solamente el número, sino que toda la variedad de crímenes que iban a ser cometidos en Francia en 1930. No son tanto las instituciones políticas propias de un país, sino más bien las condiciones de base de la sociedad burguesa moderna en su conjunto las que producen un número medio de crímenes en una parte nacional dada de la sociedad —he aquí lo que muestra el cuadro siguiente comunicado por Quételet para los años 1822 al año 1824—. De cien criminales condenados encontramos los datos siguientes en América y en Francia:

[Aquí hemos omitido el cuadro]

Si los crímenes, al ser considerados en gran número, manifiestan en su frecuencia y su naturaleza la regularidad de los fenómenos naturales; si, como lo afirma Quételet, “sería difícil decidir en el cuál de los dos dominios (el mundo físico y el sistema social) las causas actuantes producen sus efectos con mayor regularidad”, entonces —en lugar de magnificar al verdugo que ejecuta una parte de los criminales con el único fin de dejarle el lugar a los siguientes—, ¿acaso no es necesario reflexionar seriamente en cambiar el sistema que engendra tales crímenes?

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Acaso es libre la prensa degradada a industria? Es innegable que el escritor tiene que ganar con el trabajo de su pluma para existir y escribir, pero jamás existir y escribir para ganar. La primera libertad de la prensa consiste precisamente en no ser una industria.

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 Asunto: Re: Para no olvidar.
NotaPublicado: Vie Dic 06, 2013 5:27 pm 
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Esto es muy bonito...
http://catalunyaenlacalle.tumblr.com/

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Metzger escribió:
Solo un apunte: Eso del neo-liberalismo no existe


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 Asunto: Re: Para no olvidar.
NotaPublicado: Dom Ene 12, 2014 11:22 am 
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Citar:
Lord Wellington declares that he has not yet met with any spanish officer who can be made to comprehend the nature of a military operation. If the Spanish officers have knowledge and vanity like the French, or ignorance without vanity like our allies in India, something might be done with them. But they unite the gratest ignorance with the most insolent and intractible vanity. They can therefore be neither persuaded, nor instructed, nor forced to do his duty.


Citar:
Lord Wellington afirma que aún no ha tratado con un oficial español al que le pueda hacer entender la naturaleza de una operación militar. Si los oficiales españoles tuvieran conocimientos y vanidad como los franceses, o ignorancia sin vanidad como nuestros aliados en la India, podría conseguirse algo de ellos. Pero en ellos se conjuga la mayor ignorancia con la más insolente e intratable fatuidad. Así que no pueden ser ni persuadidos, ni aleccionados ni forzados a cumplir con su deber.


Leído en "The Peninsular War" de Charles Eisdale (en qué coño estaba pensando :lol: ) (me lo he pasado teta y me he reído mucho, por no llorar claro)

200 años después, no estoy muy seguro que se pueda acusar a Lord Wellington de ser demasiado injusto.

Yo por lo menos todavía estoy loleando. Y como esa mil, el espectáculo de las rivalidades mezquinas, la incompetencia, la ambición de las Juntas, las constituciones tan bonitas como impracticables ante los intereses creados, las Partidas más saqueadoras que liberadoras...

Se tenía que haber quedado Pepe Botella, al que por lo menos le debemos unas cuantas bonitas plazas.

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Ultima edición por Malet el Dom Ene 12, 2014 11:13 pm, editado 1 vez en total

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 Asunto: Re: Para no olvidar.
NotaPublicado: Dom Ene 12, 2014 8:05 pm 
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Pues no se puede decir que hayan cambiado mucho las cosas... :colgao:

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 Asunto: Re: Para no olvidar.
NotaPublicado: Dom Ene 12, 2014 8:29 pm 
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kasturbai escribió:
Pues no se puede decir que hayan cambiado mucho las cosas... :colgao:


Han mejorado. Ahora tenemos mejores infraestructuras.

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 Asunto: Re: Para no olvidar.
NotaPublicado: Dom Ene 12, 2014 10:33 pm 
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Mona pero racional
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Malet escribió:
kasturbai escribió:
Pues no se puede decir que hayan cambiado mucho las cosas... :colgao:


Han mejorado. Ahora tenemos mejores infraestructuras.

Es verdad. Así los chorizos campan a sus anchas por toda la geografía nacional y no solo en sus señoríos. :cuna: :cuna: :cuna: :cuna:

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 Asunto: Re: Para no olvidar.
NotaPublicado: Lun Ene 13, 2014 6:07 pm 
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kasturbai escribió:
Malet escribió:
kasturbai escribió:
Pues no se puede decir que hayan cambiado mucho las cosas... :colgao:


Han mejorado. Ahora tenemos mejores infraestructuras.

Es verdad. Así los chorizos campan a sus anchas por toda la geografía nacional y no solo en sus señoríos. :cuna: :cuna: :cuna: :cuna:


:lol: :lol: :lol:

Pues sí, tener más tecnología cuando la estatura moral e intelectual de los hombres permanece constante no sé si supone un progreso. :mrgreen:

(De las mujeres no digo nada, su estatura media ha aumentado)

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 Asunto: Re: Para no olvidar.
NotaPublicado: Mar Ene 28, 2014 7:44 am 
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Incidiendo en el tema, una crítica contemporanea del Daily Telegrapg a "un yanqui en la Corte del Rey Arturo":

Citar:
Pero un ataque a los ideales asociados con el Rey Arturo no es sino grosera alcahuetería, muy propia de esa pasión por la irreverencia que es parte tan importante del ingenio yanqui. Hacer mofa de hechos, frases o palabras, canónicas, heroicas o legendarias, que han conmovido a otras personas, parece el propósito manifiesto de todo listillo de occidente que las de a la imprenta, y que parece querer seguir los pasos de ARTEMUS WARD, BRET HARTE, y MARK TWAIN. Puede que al final tengan tanto éxito que se queden sin negocio. Ahora viven de epatar a la gente decente que todavía ama la Biblia, Homero, Shakespeare, Scott y Tennyson; Pero cuando hayan adiestrado completamente a una generación en no tener respeto a nada ni a nadie, su irreverencia ya no tendrá ningún efecto.

Las historias del Rey Arturo, como nos han llegado, representan en forma legendaria, no hechos históricos (claro está) sino un ideal de majestad y caballerosidad estaba en los corazones y aspiraciones del hombre medieval. Era su ideal de lo que debía ser un rey para sus guerreros, y esa bella imagen ha encendido los pensamientos y purificado la imaginación de millones de hombres y mujeres durante muchas generaciones. ¿Será aniquilado este altar del espíritu humano porque un escriba yanqui decida arrojar cieno sobre ese sitial? Los instintos del pasado y el genio de Tennyson han consagrado para siempre “la más noble compañía de famosos caballeros que registra este mundo“. La Tabla Redonda se ha disuelto, pero aún podemos “deleitarnos con relatos de hazañas caballerosas”, como ellos en Camelot en tales historias del pasado. Podemos aplicar aún la imagen del caballero ideal como un criterio para calibrar la valía de los modernos. El Rey Arturo hacía jurar a cada uno de sus seguidores, “reverenciar su conciencia tanto como a su Rey. Ir por el mundo reparando agravios, no calumniar, ni escuchar discursos calumniosos. Vivir su vida en la dulzura y la pura castidad. Amar sólo a una dama, ser fiel a ella, y rendirla culto mediante años de nobles hazañas”. Tal juramento, si se le presenta a un yanqui moderno, parecería transmitir casi en cada frase un insulto (con retranca) a las instituciones americanas. En un país donde el fraude comercial y la adulteración industrial son parte de las bellas artes, mejor que omitamos apelaciones a la “conciencia”. Los Estados Unidos no van por el mundo “reparando agravios”, pues hasta ahora no han dado un dólar o un hombre para ayudar a Grecia, Polonia, Hungría o Italia en su lucha por la libertad. “No calumniar ni escuchar discursos calumniosos”, erradicaría la prensa libre americana, que se basa en gran medida en el sensacionalismo y el escándalo. Amar a una mujer sólo y serle fiel parecería demasiado “elevado” en los Estados Unidos, donde hay todas las facilidades para divorciarse. La verdad es que Mark Twain está en lo cierto como iconoclasta occidental, de bombardear con su sarcasmo ideales que no están incluidos ni en la Constitución ni en las costumbres de los Estados Unidos. Y sin embargo, a pesar de todo lo que ha hecho América o de lo que puede hacer para degradar imágenes de belleza y abnegación, hay almas escogidas en sus propias fronteras que se han adherido a los ideales heroicos del pasado. Los abolicionistas de Nueva Inglaterra se han enfrentado a grandes peligros cuando por primera vez trataron de reparar la terrible injusticia de la esclavitud africana, y lucharon tan noblemente contra la iniquidad organizada como cualquier caballero del Rey Arturo. Se enfrentaron a la censura política, a la violencia de populacho, arriesgaron su integridad física, a veces su misma vida, y la pérdida de amigos y parientes, porque habían heredado el viejo instinto de los caballeros, el deber de ayudar a su prójimo durante su vida.

De ellos se burlaron los Mark Twain de sus días, pero su visión quedó vindicada al final de la guerra, cuando el mundo reconoció este doble resultado “una nación salvada, una raza liberada”. ¿Cuál hubiera sido el destino de la República si no hubiera brillado una imagen ideal de su país en los espíritus de los hombres que dieron su vida para salvar la Unión? Las almas cobardes en el Norte decían: “Costará mucho dinero y sangre reconquistar el Sur; dejémosles ir; que la República se rompa; ¿qué significa un país para nosotros? Pero la caballerosidad heredada de sus ancestros Británicos animó a los hombres que siguieron a Grant, y se mantuvieron firmes en su elevado propósito hasta que obtuvieron la victoria en el campo de batalla. ¿Dónde estaba Mark Twain entonces? ¿Por qué no satirizaba el patriotismo que impediría la disolución de la república? ¿Por qué no se burlaba de esa reverencia yanqui por una Constitución de papel de no más de cien años? ¿Por qué no cantaba las glorias del comercio tan bien como la preservación de la Unión o la liberación de los esclavos negros?

E incluso si analizamos el feudalismo real, idealizado en la leyenda artúrica, no todo era tan inicuo y terrible. Sin duda había nobles licenciosos, y grandes terratenientes que a veces eran crueles con los campesinos. Pero la modernidad no ha supuesto una completa ventaja. Un gran señor de la antigüedad tenía sus posesiones “por deber y servicio”, y tenía el deber de seguir a su Rey a la guerra. Ahora es titular de sus extensos dominios sin obligación alguna, y puede vivir en un lujo desvergonzado tanto tiempo como quiere. Y el campesino de tiempos antiguos no siempre tenía tan mal pasar. El país estaba poco poblado; podía tener tanta tierra como quisiera; los bosques estaban llenos de caza, los ríos de pesca; salvo en tiempos de hambruna no estaba malnutrido. No se había oído hablar de desahucios, y por una buena razón. El Señor no sólo debía servir al Rey, sino reclutar hombres para su ejército; y por lo tanto tenía interés en que hubiera un cuerpo crecido de hombres fieles en sus posesiones. El moderno terrateniente empuja a los campesinos a las ciudades, sin cuidarse de ellos, y degeneran y mueren en los barrios bajos. Hemos de recordar, asimismo, que los vicios del pasado eran propios de tiempos más duros. Se pecaba con brutalidad, no con fraude. Un mal caballero de la época feudal agraviaba a una doncella o viuda, y no daba reparación; ¿pero cuáles son las ofensas de la era comercial? En América y en Inglaterra, en algo menor medida, los timos financieros se elaboran de manera organizada. El perverso de los tiempos modernos no hunde su lanza contra el débil o menesteroso; le manda un prospecto. En doce meses la viuda y el huérfano no tienen pan; el promotor y el financiero se han embolsado otros 20.000. Si el Rey Arturo resucitara en Nueva York mañana, se dirigiría a Wall Street, donde se encontraría con una hueste de hombres cuya palabra es tan buena, o tan mala, como sus intereses: intrigantes del negocio de los ferrocarriles que saquean a accionistas de un continente, y que están resueltos a acudir a cualquier mecanismo fraudulento y a engañarse unos a otros como al público en general.


¡Y hablemos de la desigualdad! Había menos diferencia entre el Rey Arturo y su más mezquino sirviente en condiciones de vida que la existente entre los habitantes de los barrios bajos de Nueva York y los Astors, Vanderbilts y Jay Gulds, que han acumulado millones extraídos de los bolsillos y el trabajo de hombres con menos éxito. La república es una tierra de libertad, pero su comercio, sus ferrocarriles y sus manufacturas están en manos de pandillas de capitalistas casi completamente irresponsables, que controlan las tarifas los mercados y la política para enriquecerse en perjuicio de las masas. ¿Qué es púes, lo que hay que admirar más? ¿La supremacía del caballero o el éxito del financiero? ¿Bajo que Rey servirían los norteamericanos, el ideal o el real? ¿Rendirían pleitesía al Rey Arturo o a Jay Gould?


Ahí, ahí. :mrgreen:

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 Asunto: Re: Para no olvidar.
NotaPublicado: Jue Feb 06, 2014 1:06 pm 
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Quijotesco el Telegraph.

"Ataque a los ideales", LOL. Atacaba a los políticos yankis mediante la sátira, por si los colts. Él tenía uno mejor en la corte de Arturo.

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 Asunto: Re: Para no olvidar.
NotaPublicado: Jue Feb 06, 2014 10:15 pm 
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Cad escribió:
Quijotesco el Telegraph.

"Ataque a los ideales", LOL. Atacaba a los políticos yankis mediante la sátira, por si los colts. Él tenía uno mejor en la corte de Arturo.


Probablemente el crítico no entendió la obra de Twain, ni su retranca. Pero no deja de tener razón en alguna de las cosas que dice.

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 Asunto: Re: Para no olvidar.
NotaPublicado: Jue Feb 06, 2014 10:24 pm 
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El Partido del Olvido.

El Hombre… se debate contra la presión cada vez mayor del pasado; que le abate y zarandea, que entorpece sus pasos como una oscura e invisible carga.

—NIETZSCHE

Es materia de asombro: un momento, que pasa volando, regresa sin embargo “como un espectro”, y cuando después el hombre dice “yo recuerdo”, envidia a las bestias. El ganado que pasta en los campos vive en el presente, no puede disimular, no tiene más remedio que ser honrado. El niño que juega, también olvida el pasado y el presente. Pero su juego, igualmente, será al fin perturbado, y acabará entendiendo las palabras “aquello ocurrió”.

Eran:

“palabras que causaban al hombre conflictos, padecimientos, saciedad y plenitud”.

Para así:

“recordarle que lo que su existencia es, fundamentalmente, un pretérito imperfecto que nunca puede llegar a ser perfecto”.

Gustav Meyrink escribió:

“El conocimiento y la memoria son la misma cosa”.

Un soldado tiene conocimiento de la batalla en la Cota 79, y también recuerdos de ella. Pero Meyrink no está del todo en lo cierto. El conocimiento tiene que ver con la memoria, pero los recuerdos también tienen historias. Vienen y se van, con frecuencia sin que sintamos de donde vinieron, o a dónde se marchan; son inestables, cambian, evolucionan, mutan de modo independiente del pensamiento. El desorden temporal y psíquico, el desplazamiento, la esperanza, el pánico, la experiencia adquirida y perdida, la memoria humana recapitula la vívida experiencia del refugiado. El razonamiento de Michel Foucault seguía muy de cerca el de Nietzche sobre la inaccesibilidad del origen y el desarrollo discontinuo de la conciencia humana, que adquiere experiencia, olvida, finge, recuerda, reprime, confunde unos recuerdos con otros, en un proceso lleno de vaivenes, hasta alcanzar un estado mental finalmente asentado de integridad, memoria y sabiduría. La memoria se nos presenta a través de “capas sedimentadas” de previa percepción e interpretación, ya que la gente experimenta la historia, la guarda en su memoria, y luego la reescribe según convenga a sus necesidades, en particular cuando está en juego la complicidad individual en crímenes. Ese poder plástico preserva la paz psíquica a expensas de la represión, pero es también un rasgo positivo, un:

“testamento a la creatividad y al ingenio de la especie”

Como lo expresó Tina Rosemberg. Y sin embargo la gente se esfuerza a todo trance para preservar “la soberanía del sujeto”, una narrativa vital con planteamiento, nudo y desenlace.

Lo opuesto al recuerdo, o a mantener las promesas, es el la capacidad de olvidar. Nos permite “cerrar las puertas y las ventanas de la conciencia durante un tiempo”.

Y Nietzche escribió: como facultad activa, el olvido es:

“como un portero, un preservador del orden psíquico, del reposo y de la etiqueta”.

Los seres humanos necesitan el olvido, así como su opuesto, la memoria, es un acto de voluntad; precisa que uno “piense en las causas”, que calcule, que reflexione y que anticipe, y esta es:

“la larga historia de cómo se originó la responsabilidad”.

Ser responsable es ser riguroso en el cultivo de la memoria. El olvido es una cuestión de voluntad, también:

“una activa, y en un sentido riguroso, positiva, facultad de represión”.


Los seres humanos somos frágiles. Necesitamos olvidar. Sin embargo, la gente no puede evitar olvidar lo que “está grabado a fuego”; sólo lo que “nunca nos deja de herir permanece en el recuerdo”. El dolor es la más poderosa regla mnemotécnica. Virginia Woolf también supo verlo: las experiencias traumáticas fortalecen la memoria:

“un río subterráneo de recuerdos”.

Y esa es, en esencia, la razón por la que los Coreanos recuerdan, y los americanos olvidan.

La Guerra de Corea, más que cualquier otra guerra de los tiempos modernos, está rodeada de residuos y fragmentos de recuerdos. La Gran Guerra resulta indeleble en la “memoria moderna”, con su aniquiladora violencia como un recordatorio permanente de la carnicería bélica. La Segunda Guerra mundial fue la guerra justa, una victoria rotunda que ahí que celebrar. Vietnam despedazó a los Estados Unidos. Con Corea hay menos una presencia que una ausencia; por lo tanto el americano reflexivo la denomina “la guerra olvidada”. Sus veteranos se sienten despreciados y malinterpretados, y también olvidados. Los Coreanos del Sur experimentan un sentimiento de terrible pérdida, tragedia, amargura, maldición, cargas invisibles, y una negación interna que los abate y los doblega interiormente, que llaman "han". Los Norcoreanos recuerdan una plaga que se anotó en promedio, como mínimo, la vida de un miembro de cada familia. Pero aquí se halla el partido de la memoria, grabado con láser, marcado a fuego con el recuerdo de lo pretérito.


http://www.amazon.com/The-Korean-War-Hi ... 081297896X

Está acojonante el libro, eso sí, los que esperen un relato estilo Gondorianos del Sur contra Orcos del Norte, abstenerse.

Los historiadores serios son otra cosa.

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Traducción al español por Huan Manwe