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El Partido del Olvido.
El Hombre… se debate contra la presión cada vez mayor del pasado; que le abate y zarandea, que entorpece sus pasos como una oscura e invisible carga.
—NIETZSCHE
Es materia de asombro: un momento, que pasa volando, regresa sin embargo “como un espectro”, y cuando después el hombre dice “yo recuerdo”, envidia a las bestias. El ganado que pasta en los campos vive en el presente, no puede disimular, no tiene más remedio que ser honrado. El niño que juega, también olvida el pasado y el presente. Pero su juego, igualmente, será al fin perturbado, y acabará entendiendo las palabras “aquello ocurrió”.
Eran:
“palabras que causaban al hombre conflictos, padecimientos, saciedad y plenitud”.
Para así:
“recordarle que lo que su existencia es, fundamentalmente, un pretérito imperfecto que nunca puede llegar a ser perfecto”.
Gustav Meyrink escribió:
“El conocimiento y la memoria son la misma cosa”.
Un soldado tiene conocimiento de la batalla en la Cota 79, y también recuerdos de ella. Pero Meyrink no está del todo en lo cierto. El conocimiento tiene que ver con la memoria, pero los recuerdos también tienen historias. Vienen y se van, con frecuencia sin que sintamos de donde vinieron, o a dónde se marchan; son inestables, cambian, evolucionan, mutan de modo independiente del pensamiento. El desorden temporal y psíquico, el desplazamiento, la esperanza, el pánico, la experiencia adquirida y perdida, la memoria humana recapitula la vívida experiencia del refugiado. El razonamiento de Michel Foucault seguía muy de cerca el de Nietzche sobre la inaccesibilidad del origen y el desarrollo discontinuo de la conciencia humana, que adquiere experiencia, olvida, finge, recuerda, reprime, confunde unos recuerdos con otros, en un proceso lleno de vaivenes, hasta alcanzar un estado mental finalmente asentado de integridad, memoria y sabiduría. La memoria se nos presenta a través de “capas sedimentadas” de previa percepción e interpretación, ya que la gente experimenta la historia, la guarda en su memoria, y luego la reescribe según convenga a sus necesidades, en particular cuando está en juego la complicidad individual en crímenes. Ese poder plástico preserva la paz psíquica a expensas de la represión, pero es también un rasgo positivo, un:
“testamento a la creatividad y al ingenio de la especie”
Como lo expresó Tina Rosemberg. Y sin embargo la gente se esfuerza a todo trance para preservar “la soberanía del sujeto”, una narrativa vital con planteamiento, nudo y desenlace.
Lo opuesto al recuerdo, o a mantener las promesas, es el la capacidad de olvidar. Nos permite “cerrar las puertas y las ventanas de la conciencia durante un tiempo”.
Y Nietzche escribió: como facultad activa, el olvido es:
“como un portero, un preservador del orden psíquico, del reposo y de la etiqueta”.
Los seres humanos necesitan el olvido, así como su opuesto, la memoria, es un acto de voluntad; precisa que uno “piense en las causas”, que calcule, que reflexione y que anticipe, y esta es:
“la larga historia de cómo se originó la responsabilidad”.
Ser responsable es ser riguroso en el cultivo de la memoria. El olvido es una cuestión de voluntad, también:
“una activa, y en un sentido riguroso, positiva, facultad de represión”.
Los seres humanos somos frágiles. Necesitamos olvidar. Sin embargo, la gente no puede evitar olvidar lo que “está grabado a fuego”; sólo lo que “nunca nos deja de herir permanece en el recuerdo”. El dolor es la más poderosa regla mnemotécnica. Virginia Woolf también supo verlo: las experiencias traumáticas fortalecen la memoria:
“un río subterráneo de recuerdos”.
Y esa es, en esencia, la razón por la que los Coreanos recuerdan, y los americanos olvidan.
La Guerra de Corea, más que cualquier otra guerra de los tiempos modernos, está rodeada de residuos y fragmentos de recuerdos. La Gran Guerra resulta indeleble en la “memoria moderna”, con su aniquiladora violencia como un recordatorio permanente de la carnicería bélica. La Segunda Guerra mundial fue la guerra justa, una victoria rotunda que ahí que celebrar. Vietnam despedazó a los Estados Unidos. Con Corea hay menos una presencia que una ausencia; por lo tanto el americano reflexivo la denomina “la guerra olvidada”. Sus veteranos se sienten despreciados y malinterpretados, y también olvidados. Los Coreanos del Sur experimentan un sentimiento de terrible pérdida, tragedia, amargura, maldición, cargas invisibles, y una negación interna que los abate y los doblega interiormente, que llaman "han". Los Norcoreanos recuerdan una plaga que se anotó en promedio, como mínimo, la vida de un miembro de cada familia. Pero aquí se halla el partido de la memoria, grabado con láser, marcado a fuego con el recuerdo de lo pretérito.
http://www.amazon.com/The-Korean-War-Hi ... 081297896XEstá acojonante el libro, eso sí, los que esperen un relato estilo Gondorianos del Sur contra Orcos del Norte, abstenerse.
Los historiadores serios son otra cosa.